viernes, 9 de enero de 2026

Microrrelatos viajeros: la herencia de los 46

 46 años

Cuerpo

Crecí con los pies descalzos en la playa,
la arena como primer territorio
y el mar enseñándome
que todo vuelve,
pero distinto.

Mamá me abrazaba
como si el mundo pudiera romperse en cualquier momento.
En esos brazos aprendí
que el amor también es refugio.

Jugué al fútbol con mis hermanos,
rodillas raspadas, goles gritados,
peleas breves y lealtades largas.
Ahí supe que la vida
se juega en equipo,
aunque a veces uno corra solo.

La música fue puente
cuando no supe decir lo que dolía.
Una canción podía explicarme
mejor que mil discursos.

La escritura llegó después,
como raíz.
Para no irme del todo,
para quedarme,
para nombrar lo que ardía.

Viajé para entender el mundo
y terminé entendiéndome a mí.
Cada frontera fue espejo,
cada camino, pregunta.

Hubo tristezas.
Hubo noches largas.
Desafíos que me doblaron
sin quebrarme.
Aprendí a caer
sin dejar de creer.

Hoy miro mis manos
y en ellas están
Román y Zarité.
Semilla viva.
Futuro respirando.

Alma

Cumplir 46 no es sumar años:
es aprender a sostener la memoria
sin que pese.

Es saber que la esperanza
no grita,
pero insiste.

Que la infancia no se pierde:
se transforma en gesto,
en cuidado,
en la forma de amar.

Que el dolor no te define,
pero te afina.

Que escribir es una manera
de no rendirse.

Que viajar fue, siempre,
volver distinto.

Y que todo lo vivido
—la playa, mamá, los hermanos,
la música, la palabra, el camino—
conduce a lo mismo:
cuidar lo que nace,
honrar lo que fue,
seguir andando
con el corazón abierto.

A los 46,
no tengo todas las respuestas.
Pero sé quién soy.
Y eso,
alcanza para seguir.