El psicoanalista advirtió que la búsqueda de una "libertad negativa" (libertad "de" las ataduras) sin una "libertad positiva" (capacidad de conectar e integrar al individuo con la sociedad) conduce, inevitablemente al aislamiento destructivo.
Erich Fromm y el miedo a la libertad
Siempre
me pregunté qué es lo que empuja a una persona a dejar la comodidad de su casa
para ir hacia un lugar desconocido. Porque viajar, al fin y al cabo, nunca es
solamente cambiar de paisaje. Si fuera así, alcanzaría con mirar una foto o un
documental. Sin embargo, hay algo que nos llama desde la ruta. Algo difícil de
explicar. Una necesidad que aparece sin pedir permiso.
Durante
mucho tiempo pensé que viajábamos para conocer el mundo. Y no es así, el mundo
es apenas una excusa. Lo que realmente buscamos suele estar mucho más cerca y,
al mismo tiempo, mucho más escondido.
Por
eso la historia de Christopher McCandless siempre me genera sensaciones
encontradas.
Muchos
lo convierten en un héroe romántico. Otros prefieren señalar su inexperiencia y
decir que murió por una cadena de malas decisiones. Yo creo que ambas miradas se
quedan en la superficie. Lo verdaderamente interesante no está en Alaska, ni en
el viejo autobús, ni siquiera en su muerte. Está en la pregunta que lo llevó
hasta allí.
Chris
quería empezar de nuevo. Romper con su historia, con su apellido, con los dolores
que cargaba desde la infancia. Cambió de nombre, regaló todo lo que tenía y
buscó un lugar donde nadie pudiera alcanzarlo. Creyó que la libertad consistía
en no depender de nadie.
Y
quizás ahí esté la diferencia con la manera en que yo entiendo los viajes.
Nunca
sentí la necesidad de escapar de mi vida. Al contrario. Cada vez que emprendí
un camino fue para entenderla un poco mejor. No viajé para dejar de ser quien
era, sino para descubrir partes de mí que la rutina no me permitía ver.
Los
kilómetros tienen esa extraña capacidad de desordenar nuestras certezas. Uno
sale pensando que va a conocer ciudades, montañas o playas, y termina
encontrándose con personas que cambian para siempre la forma de mirar el mundo.
Un mate compartido en una terminal, una charla con alguien que probablemente
nunca volvamos a ver, un partido de fútbol improvisado en cualquier rincón del
continente o una comida ofrecida por alguien que no nos debía absolutamente
nada. Esas pequeñas escenas valen mucho más que cualquier fotografía.
Con
el tiempo entendí que viajar no sólo consiste en acumular destinos sino en
dejar que los lugares nos transformen. Nos interpelen y que nos rompan las
estructuras.
Por
eso nunca creí demasiado en esa idea de "encontrarse a uno mismo".
Nadie aparece de golpe al llegar a una montaña o cruzar una frontera. Somos los
mismos de siempre, solo que con nuevas preguntas. Y esas preguntas nos
acompañan cuando volvemos a casa.
Quizás
por eso me conmueve el final de McCandless. Después de recorrer miles de
kilómetros buscando la autosuficiencia absoluta, terminó escribiendo una frase
que todavía resuena en quienes aman los caminos: "La felicidad solo es
real cuando es compartida."
No
la leo como una derrota. Tampoco como un arrepentimiento. La siento como el
descubrimiento de alguien que entendió demasiado tarde que ningún paisaje
alcanza para llenar el vacío si no existe alguien con quien compartirlo.
Viajar
puede enseñarnos muchas cosas. Puede volvernos más humildes, más curiosos y más
agradecidos. Puede mostrarnos que el mundo es inmenso y que nuestras certezas
son mucho más pequeñas de lo que imaginábamos. Pero, sobre todo, puede
recordarnos que el verdadero viaje nunca ocurre solamente sobre un mapa.
Los
caminos cambian el cuerpo. Las personas cambian el alma. Y quizás ese sea, al
final, el único motivo que realmente justifica salir a viajar.
