"Cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón". (Juguetes perdidos).
A
pocos días de la muerte del Indio Solari, las radios repiten canciones que ya
forman parte de la memoria colectiva. Las redes sociales se llenan de
fotografías gastadas, entradas de recitales amarillentas, tatuajes, abrazos en
recitales. Y por mis adentros, descubro que no estoy llorando a un músico, sino
que estoy despidiendo a un familiar.
A
alguien que estuvo presente durante más de treinta años de mi vida sin haber
compartido jamás una mesa conmigo. Entiendo, entonces, que hay artistas que se
escuchan y hay otros que se habitan (y nos habitan).
Mi
historia con Los Redonditos de Ricota empezó cuando tenía doce años.
Recuerdo
un viaje familiar por la Mesopotamia argentina y alguna ruta que ya no sabría
nombrar. Mi viejo manejaba. Afuera desfilaban estaciones de servicio, pueblos
diminutos y campos interminables. Adentro del auto giraban los casetes de “Un
baión para el ojo idiota y Bang! Bang! Estás liquidado”.
No
entendía demasiado, pero algo de aquella música me atrapaba. Había un misterio.
Un idioma propio.Una manera distinta de mirar el mundo.
Mientras
otros cantaban sobre amores perfectos, ellos parecían hablar de los derrotados,
de los que caminaban por la cornisa, de los que estaban solos en medio de la
multitud. Y yo, sin saberlo, empecé a viajar con ellos.
A
los trece años llegaron las noches de verano junto a mi abuela. Todavía puedo
verla sentada en el patio. El calor suspendido sobre las plantas. Los grillos y
los sapos, en el jardín. El minicomponente SONY y los CD. Y las canciones de Gulp
sonando mientras la noche caía lentamente sobre el barrio.
Mucho
tiempo después, el cáncer se la llevó hacia otros planos, pero cuando escucho "La
Bestia Pop" o "Ñam Fri Frufi Fali Fru", no escucho solamente los
acordes de Skay. Escucho a mi abuela respirando despacio bajo las estrellas. Escucho
una parte de mi infancia que sigue viva.
En
mi habitación, también había un rincón ricotero. Los pósters cubrían las
paredes que compartían espacio con otras bandas, otros sueños y otras rebeldías
adolescentes. Sin dudas, era mi refugio, mi pequeña república independiente. Un
territorio donde las canciones del Indio explicaban mejor el mundo que muchos
libros escolares.
Y
en este relato cronológico, todavía recuerdo el regalo de mi tía Viviana cuando
cumplí catorce años. El CD doble de Lobo Suelto, Cordero Atado. Recuerdo
abrirlos como quien recibe una reliquia. Íbamos caminando por la calle dos de
Santa Teresita, luego de salir de “Marykar”, por aquel entonces, la única disquería
de mi pueblo.
Pasé
horas mirando el arte de tapa, leyendo las letras, intentando descifrar
mensajes que parecían escritos para una generación entera: algunas canciones
eran acertijos, otras eran puñetazos. Todas dejaban marcas.
Nunca
usé Topper blancas. Nunca llevé pañuelito al cuello. Tampoco tuve flequillo. Nunca
encajé demasiado en la estética ricotera que los medios intentaban
caricaturizar.
¿Fui
ricotero? Para mí, ser ricotero nunca tuvo que ver con la ropa. Tenía que ver
con sentirse parte de una tribu y con reconocer una sensibilidad. Con
comprender que detrás de aquellas metáforas habitaban los mismos dolores que
recorrían las calles latinoamericanas.
Por
esto, el Indio me interesó como símbolo porque mientras muchos artistas
buscaban agradar al poder, él eligió hablarles a los que siempre quedaban
afuera:.
A
los olvidados.
A
los descartados.
A
los desposeídos.
A
los que atravesaban la vida desde los márgenes.
A
los detenidos que escuchaban sus discos en los pabellones.
A
los pibes sin oportunidades.
A
los trabajadores golpeados por las crisis.
A
los que encontraban en una canción una manera de resistir.
Por
eso la misa ricotera fue una ceremonia popular. Una multitud buscando
reconocerse. Una patria provisoria hecha de bombos, humo, cerveza y poesía.
Quizás
por eso algunas frases siguen acompañándome cuando viajo. "El futuro llegó
hace rato..." Y aparece en alguna terminal perdida de Bolivia. En una
bicicleta avanzando por la Ruta 40. En un atardecer frente al Pacífico. En una
frontera cualquiera de Sudamérica.
Porque
las canciones de Los Redondos siempre fueron compañeras de camino: "¿Qué
puede darme un pobre corazón?" Y la pregunta sigue viajando conmigo. Entre
mochilas. Entre rutas. Entre despedidas.
Ahora
que se fue, muchos hablarán de récords, de discos, de recitales históricos. Yo
prefiero recordar a ese hombre que logró construir una de las expresiones más
genuinas de la cultura popular argentina.
Un
artista que nunca pidió permiso. Que jamás se volvió domesticable y que nos
enseñó que la poesía también podía encontrarse en un pabellón, en una villa, en
una fábrica cerrada o en una esquina cualquiera del conurbano.
Por
eso no siento que se fue un familiar. Uno de esos familiares extraños que
ayudan a crecer sin saberlo. Que acompañan cada etapa de la vida. Que aparecen
en los recuerdos más felices y también en las noches más difíciles.
Y
mientras alguna canción vuelve a sonar desde una radio lejana, entiendo que tal
vez el Indio nunca perteneció completamente a este mundo sino a ese territorio
invisible donde viven las canciones que ya son parte de nuestra propia
historia.



