jueves, 2 de abril de 2026

Capítulo: Las islas que nos habitan son argentinas

I

No recuerdo exactamente qué día fue, pero sí la escena.

Tenía diez años y la escuela olía a tiza, a guardapolvo recién lavado y a algo más que no sabía nombrar en ese momento: ausencia.
Fue la primera vez que vi a un excombatiente de Malvinas.

Estaban en la puerta, vendiendo escarapelas y banderas argentinas.
No tenían uniforme.
No tenían discursos.
Tenían cajas de cartón, manos gastadas y una mirada difícil de sostener.

Yo compré una escarapela sin entender del todo qué estaba comprando.
Pero algo en ese gesto —tan simple— me dejó una inquietud que me acompañó durante años.

Había algo que no cerraba.
Nos enseñaban la guerra como una fecha, como un contenido escolar, como una efeméride ordenada.
Pero esos hombres… esos hombres no eran un contenido.
Eran la prueba viva de que algo había quedado mal resuelto.

El Estado los había olvidado.
Y la sociedad, también.

Esa fue mi primera lección sobre Malvinas:
que la guerra no termina cuando se firman los papeles.
La guerra sigue en los cuerpos.

II

La segunda vez que Malvinas me atravesó fue en la Facultad de Comunicación Social.

Ya no era un chico.
O al menos creía que no lo era.

Vinieron excombatientes a dar testimonio.
No traían banderas para vender, traían historias.
Y las historias pesan distinto.

Hablaron del frío.
Del hambre.
Del miedo que no se va nunca.
De los compañeros que quedaron en las islas… y de los que volvieron pero no pudieron volver del todo.

En un momento tuve que tomar la palabra.

No recuerdo exactamente qué dije.
Recuerdo la emoción.
Recuerdo que la voz se me quebró en algún punto entre la historia y el silencio.

Porque no estaba hablando frente a “excombatientes”.
Estaba hablando frente a hombres que habían visto la muerte de cerca, demasiado cerca.
Y que, sin embargo, estaban ahí, compartiendo.

Ese día entendí otra cosa:
que Malvinas no es solo territorio.
Es memoria viva.
Y la memoria, cuando se comparte, deja de ser peso y se vuelve puente.

III

En mi casa, Malvinas estaba todos los días.

No como tema de conversación,
sino como presencia.

Mi hermano Marcos pintó un mural en mi habitación.
Un mural enorme.
Las islas, el mapa, los colores, la historia latiendo en la pared.

Yo me despertaba todas las mañanas con Malvinas mirándome.
No como un reclamo, sino como una pregunta.

¿Qué hacemos con esto?
¿Qué hacemos con lo que pasó?
¿Qué hacemos con lo que sigue pasando?

Ese mural fue otra forma de memoria.
No académica.
No institucional.
Una memoria afectiva.
Familiar.
De esas que no necesitan explicarse.

Malvinas empezó a habitarme así:
en fragmentos.
En escenas.
En preguntas que no cerraban.

IV

Y después vino el viaje.

No cualquier viaje.

El viaje.

Fue idea de mi hermano Gastón.
Nos propuso ir a las islas.
A nosotros tres.
A los tres hermanos.

No lo dudamos demasiado, pero sí lo sentimos.
Porque sabíamos —sin decirlo— que no era un viaje más.

Era el primero juntos.
Y, sin saberlo del todo, también sería el más importante.

Llegar a las Islas Malvinas no es como llegar a cualquier lugar.
Hay algo en el aire que cambia.
No es solo el viento —que es fuerte, constante, casi una presencia—.
Es la historia.

El suelo tiene memoria.

Caminar ahí es caminar sobre capas de tiempo.
Sobre lo que fue.
Sobre lo que duele.
Sobre lo que todavía busca sentido.

V

Recorrimos los montes.

Dos Hermanas.
Longdon.
Tumbledown.

Nombres que había leído en libros, escuchado en relatos, visto en documentales.
Pero estar ahí…
es otra cosa.

El silencio no es silencio.
Es un eco.

Un eco de disparos, de órdenes, de gritos, de frío.
Un eco que no se escucha con los oídos, sino con el cuerpo.

Caminábamos los tres, juntos.
A veces hablábamos.
A veces no.

Había momentos en que el paisaje imponía respeto.
Como si nos dijera:
“Acá pasó algo que no se puede nombrar del todo.”

Y nosotros, hermanos, caminando.
Por primera vez juntos en un viaje.
Por primera vez entendiendo algo que no se enseña en ninguna escuela.

VI

Recuerdo un momento en particular.

Estábamos en un monte.
El viento pegaba fuerte.
El cielo, gris.
La tierra, dura.

Uno de nosotros —no importa cuál— dijo algo sobre los soldados.
Sobre los pibes.
Sobre la edad.

Y ahí cayó todo.

Tenían casi nuestra edad.

Ese fue el golpe real.
No la historia.
No la geopolítica.
No la soberanía.

La edad.

Eran pibes.
Como nosotros.
Como los que hoy van a la escuela y compran escarapelas sin entender del todo.

Ahí Malvinas dejó de ser relato.
Se volvió espejo.

VII

También estuvimos en el cementerio.

Darwin.

Las cruces blancas.
El orden.
El silencio absoluto.

Y esos nombres.

Y esos otros:
“Soldado argentino solo conocido por Dios”.

Hay algo profundamente injusto en no tener nombre.
Pero también profundamente humano en que alguien, en algún momento, haya decidido escribir eso.

Nos quedamos un rato largo.

No hacía falta hablar.

En ese lugar, el tiempo no avanza.
Se suspende.

Pensé en los excombatientes de la escuela.
Pensé en los de la facultad.
Pensé en los que volvieron y en los que no.

Y pensé en nosotros.

En cómo habíamos llegado ahí.
En cómo ese viaje nos estaba uniendo de una manera que no habíamos previsto.

VIII

Porque el viaje también fue eso.

Hermandad.

No la de la infancia.
No la de la convivencia.
Otra.

Una más consciente.
Más elegida.

Caminábamos juntos,
compartíamos silencios,
mirábamos el mismo horizonte.

Y entendí algo que no había entendido antes:
que viajar también es una forma de encontrarse con los otros…
y con los propios.

Ese fue nuestro primer viaje como hermanos.
Y fue, sin dudas, el mejor.

No por el destino.
Sino por lo que nos pasó ahí.

IX

Al volver, Malvinas ya no era la misma.

Ni nosotros tampoco.

Las islas dejaron de ser un punto en el mapa.
Se volvieron experiencia.
Cuerpo.
Memoria encarnada.

Y entendí algo más.

Que Malvinas no se reduce a una consigna.
No entra en un discurso cerrado.
No se agota en una fecha.

Malvinas es una herida abierta, sí.
Pero también es una posibilidad.

La posibilidad de construir memoria.
De escuchar.
De no repetir el olvido.

X

A veces vuelvo a esa primera escena.

El chico de diez años.
La escarapela.
El excombatiente en la puerta de la escuela.

Y pienso en todo lo que vino después.

La facultad.
El mural.
El viaje.
Mis hermanos.
Las islas.

Y entiendo que ese gesto mínimo —comprar una escarapela—
fue, sin saberlo, el inicio de un camino.

Un camino que todavía sigo andando.

Porque Malvinas no es solo pasado.
Es presente.
Es pregunta.
Es compromiso.

XI

Hoy, cuando se conmemora a los veteranos y caídos,
no pienso en discursos.

Pienso en miradas.
En manos.
En voces que tiemblan pero hablan igual.

Pienso en los que estuvieron.
En los que volvieron.
En los que no.

Y también pienso en nosotros.
En lo que hacemos con esa historia.

Porque la memoria no es un acto pasivo.
Es una práctica.

Se construye.
Se sostiene.
Se transmite.

XII

Las islas quedan lejos en el mapa.
Pero hay viajes que acortan distancias.

Y hay territorios que, una vez que los pisás,
no te abandonan nunca más.

Malvinas es uno de ellos.

No porque la hayamos visitado.
Sino porque ahora nos habita.

A nosotros.
A nuestra historia.
A nuestros vínculos.

A ese viaje que hicimos tres hermanos
y que, de alguna manera,
todavía sigue.

viernes, 9 de enero de 2026

Microrrelatos viajeros: la herencia de los 46

 46 años

Cuerpo

Crecí con los pies descalzos en la playa,
la arena como primer territorio
y el mar enseñándome
que todo vuelve,
pero distinto.

Mamá me abrazaba
como si el mundo pudiera romperse en cualquier momento.
En esos brazos aprendí
que el amor también es refugio.

Jugué al fútbol con mis hermanos,
rodillas raspadas, goles gritados,
peleas breves y lealtades largas.
Ahí supe que la vida
se juega en equipo,
aunque a veces uno corra solo.

La música fue puente
cuando no supe decir lo que dolía.
Una canción podía explicarme
mejor que mil discursos.

La escritura llegó después,
como raíz.
Para no irme del todo,
para quedarme,
para nombrar lo que ardía.

Viajé para entender el mundo
y terminé entendiéndome a mí.
Cada frontera fue espejo,
cada camino, pregunta.

Hubo tristezas.
Hubo noches largas.
Desafíos que me doblaron
sin quebrarme.
Aprendí a caer
sin dejar de creer.

Hoy miro mis manos
y en ellas están
Román y Zarité.
Semilla viva.
Futuro respirando.

Alma

Cumplir 46 no es sumar años:
es aprender a sostener la memoria
sin que pese.

Es saber que la esperanza
no grita,
pero insiste.

Que la infancia no se pierde:
se transforma en gesto,
en cuidado,
en la forma de amar.

Que el dolor no te define,
pero te afina.

Que escribir es una manera
de no rendirse.

Que viajar fue, siempre,
volver distinto.

Y que todo lo vivido
—la playa, mamá, los hermanos,
la música, la palabra, el camino—
conduce a lo mismo:
cuidar lo que nace,
honrar lo que fue,
seguir andando
con el corazón abierto.

A los 46,
no tengo todas las respuestas.
Pero sé quién soy.
Y eso,
alcanza para seguir.

jueves, 30 de octubre de 2025

El día de Diego, es todos los días.

Un viaje por las palabras. Por los sentimientos. Por el Diego. Pues, en todos los viajes que he emprendido, en mi mochila, hubo una camiseta de Maradona. Hoy, mí hijo, lleva las camisetas de Maradona pegadas en la piel. Les comparto una narrativa del Diego, Román y quién les escribe.

—Papá —dijo Román, con esa seriedad chiquita que tiene cuando algo le importa—, ¿hoy cumple años Diego, no?

Asentí despacio. Afuera ya era tarde y el cielo tenía ese celeste profundo, casi maradoniano, que justo se enciende cuando el día se apaga. Estábamos en su pieza. La camiseta azul y oro colgaba de una silla; la del Napoli estaba doblada sobre la cama. El cuadro de Diego, con los rulos desordenados y la sonrisa más rebelde del mundo, nos miraba.

—Sí, hijo. Hoy cumple años el más grande de todos —respondí, casi como quien dice una verdad sagrada.

Román agarró una figurita que tenía de Diego. La pasó por los dedos como si fuera una estampita de santo. Yo me sonreí. A veces pienso que sin querer estoy criando un pequeño barrabrava filosófico. O un poeta futbolero. O, tal vez, un defensor de los sueños más injustos y hermosos.

—Papá… —dudó un segundo—. ¿Vos lo querías tanto porque hacía muchos goles?

—Hacía magia con la pelota —le dije—. Y eso ya sería suficiente. Pero yo lo quiero más por lo que era afuera de la cancha. Por cómo defendía a los que nadie defendía. Por cómo le hablaba a los poderosos sin agacharse.

Román me miró como quien escucha una historia que quiere que se le meta en el corazón.

—¿Como cuando dijo “Bush es un asesino, prefiero ser amigo de Fidel”? —preguntó, orgulloso de recordar una frase.

—Exacto —respondí riendo—. A algunos les gustan los héroes calladitos. Pero Diego no nacía para callar. Diego nació para incomodar.

Román se quedó serio un instante. Después levantó la vista hacia el cuadro.

—¿Era bueno, papá?… O sea… ¿bueno-bueno?

Respiré hondo. No hay nada más difícil que explicar un héroe real.

—Era humano —contesté—. Y los humanos somos mezcla de luces y sombras. Él lo sabía. “Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”, dijo una vez. Eso, hijo, es tener dignidad: reconocer los errores pero no dejar que te quiten lo que construiste con amor.

Román se sentó al borde de la cama y apoyó la cabeza en mi brazo.

—A mí me gusta cuando dice lo del barrio privado —murmuró—. Porque yo también nací en un barrio… no pobre, pero sí conocí chicos en la Pode, sin muchas cosas.

—Eso es hermoso que lo sientas —le dije, despeinándole los rulos—. Diego decía que había nacido en un barrio privado; “privado de agua, de luz, de teléfono". Pero también decía que salir de ahí, sin olvidarte de los tuyos, es más grande que cualquier copa.

Román frunció el ceño, pensando.

—Vos siempre me decís que uno no tiene que olvidarse de dónde viene.

—Claro —respondí—. Porque el que olvida, se pierde. Y también pierde a los suyos. Diego siempre estuvo con los de abajo. ¿Sabés cuántos futbolistas llegan arriba y después se hacen amigos del poder?

—Muchos —dijo Román, como si hubiera vivido diez mundiales—. Pero él no.

—No. Él veía injusticia y saltaba. Él decía cosas que duelen. ¿Te acordás lo que dijo cuando entró al Vaticano? “Cuando entré al Vaticano y vi todo ese oro me convertí en una bola de fuego”. Porque él sabía que con ese oro se podía ayudar a millones.

Román abrió los ojos, enormes.

—Entonces, papá… ¿Diego peleaba?

—Siempre. En una discusión por televisión gritó: “Lástima no se le tiene a nadie, maestro. Pelealo, tenele bronca, pero lástima a nadie”. Era así. Valiente. A veces imprudente. Pero siempre con el corazón del lado correcto.

Hicimos silencio. Ese silencito ritual donde uno se imagina cosas grandes: una pelota girando entre piernas inglesas; un puño en alto; un pueblo festejando en la calle; un país que por un rato fue feliz.

—Papá —dijo Román, casi en susurro—. ¿Qué fue lo de la mano de Dios?

Sonreí despacio. Gran pregunta para un niño. Gran pregunta para cualquiera.

—Fue una “travesura” y un acto de rebelión al mismo tiempo. Los ingleses nos habían humillado en la Guerra de Malvinas. Y él, con una mano chiquita pero gigante, le dijo al mundo que existíamos. Fue injusto… y justo a la vez. Fue humano. Fue poético. Y después hizo el mejor gol de la historia para que nadie dude de quién era el dueño de ese partido.

Román abrió la boca en un “wow” silencioso. Después, como si recordara algo grande, dijo:

—¿Y lo de que “le cortaron las piernas”?

—Eso lo dijo cuando lo sacaron del Mundial del 94 —expliqué—. Fue duro. Lo sacaron por pelear contra los de arriba otra vez. Contra los que manejan la FIFA, la tele, la plata. Cuando lo querían fuera, lo sacaban. Diego lo sufrió. Mucho.

Román bajó la cabeza.

—Pobrecito…

—No, hijo —lo corregí suave, levantándole el mentón—. “Lástima a nadie”. Lo dijiste recién. A Diego no se lo llora solo por triste. Se lo recuerda vivo, peleador. Con una pelota que nunca se mancha. No fue un santo. Pero dejó una luz enorme, ¿entendés?

Román pensó. Se tomó su tiempo. Después dijo:

—Entonces él era como… como un superhéroe raro. No perfecto. Pero de los buenos.

—Ésa es la mejor definición de Maradona que escuché en mi vida —respondí, riéndome y casi llorando.

—¿Y vos por qué lo querés tanto, papá?

—Porque nos enseñó que los sueños valen, aunque nazcas abajo. Que se puede llegar al cielo pateando una pelota con alegría y con bronca. Que se puede estar con los pobres y no pedir perdón por eso. Que cuando todo el mundo te dice que te calles, vos podés gritar más fuerte. Y porque el fútbol nos da alegría, hijo. Él siempre decía que, si volviera a nacer, sería jugador de fútbol.

Román sonrió.

—¿Y vos? ¿Qué querés ser si volvés a nacer?

Lo miré. Qué pregunta. La vida a veces se resume en la voz de un niño.

—Quiero volver a ser tu papá —dije—. Y quiero enseñarte a amar al pueblo, a la justicia, a la pelota, al que no se rinde. Quiero que siempre tengas memoria. Porque si olvidamos, otros deciden por nosotros.

Román me abrazó. Cortito, de esos que dejan calor por dentro.

—Papá —susurró—, si algún día hago un gol… ¿puedo señalar al cielo como Diego?

—Podés —le dije—. Pero más importante: cuando veas una injusticia, también levantá la voz. Porque ahí también está Diego.

Román saltó de la cama, corrió a su cajón y sacó la camiseta del Napoli. Se la puso.

—Vamos a jugar un rato, papá. Hoy tenemos que celebrar.

Me reí. Lo seguí hasta el patio. La pelota nos esperaba. La noche también. En el cielo, la luna parecía una pelota perfecta.

Antes de patear, Román me miró y preguntó:

—Papá… ¿y cuál fue su sueño?

—Tenía dos —respondí—. El primero fue jugar un Mundial y ganarlo. Y lo hizo. El segundo era que todos los chicos tuvieran una pelota y una casa para vivir. Ese… todavía lo tenemos que cumplir nosotros.

Román tomó carrera. Le pegó con el empeine. La pelota salió alta, hermosa, como un sueño en vuelo.

—Papá —gritó riendo—. “Ganarle a River es como que tu mamá te despierte con un beso”. ¡Eso decía Diego! En dos semanas, jugamos el superclásico y tenemos que ganar.

—¡Y qué razón tenía! —le contesté, mientras la pelota caía del cielo como un recuerdo, como una promesa.

Y ahí, entre risa, amor y memoria, entendí una vez más por qué lo seguimos queriendo:
porque Diego no fue eterno por perfecto, sino por humano: porque nos enseñó a no arrodillarnos, porque la pelota, aunque la ensucien otros, no se mancha y porque la infancia, como la patria, se defiende jugando.

Foto 1: La Paternal (Bs As)

Foto 2: Estadio Azteca (México)

Foto 3: Santa Clara (Cuba)

Foto 4: La Quiaca (Jujuy)

Foto 5: Villa María (Córdoba)

Foto 6: Cementerio Argentino (Islas Malvinas)

Foto 7: La Poma (Salta)

sábado, 13 de septiembre de 2025

Microrrelatos viajeros: Punta del Este, espejismo de sal


Allí donde el mundo se maquilla para salir en la foto,
llegamos nosotros, descalzos y sin prisa.
Punta del Este brillaba, pero Román solo quería arena.
Y la encontró. Y se la comió.
Porque a los uno, todo se prueba con la boca.
Hasta el mar.

Gonzalo miraba los yates como quien espía otros sueños.
Y Tamara, con el pelo al viento,
reía como si el viento le hiciera cosquillas en el alma.

La mano gigante salía de la arena.
Román se acercó y le dio la suya.
Dos manos: una de piedra, otra de carne.
Y por un segundo, el arte fue abrazo.

Comimos en un lugar caro.
Tan caro, que lo más barato fue la risa.
Porque reír juntos ahí,
entre turistas bronceados y mozos con moños,
era como tirar una bomba de ternura en medio del marketing.

Punta del Este se quedó atrás.
Brillante, sí.
Pero lo que brillaba de verdad venía con nosotros en el asiento de atrás,
dormido, con los labios llenos de arena.


lunes, 8 de septiembre de 2025

Microrrelato viajero: Gendarmería y una mujer humillada

 

Cuerpo

La frontera entre Argentina y Bolivia no es solo geografía.
Es una herida.
Una cicatriz que sangra todos los días.

Yo estaba esperando el colectivo
cuando vi a la Gendarmería discutir con una mujer.
Ella intentaba explicar.
Ellos gritaban.
Ella mostraba papeles.
Ellos no miraban.

Me acerqué.
Interrumpí.
Dije algo como “tiene derecho”.
Y ahí el problema fui yo.

Me detuvieron.
Me empujaron.
Uno me gritó en la cara.
Mi corazón se volvió tambor.
Mis manos temblaban,
pero no me moví.

No me importaba quedarme ahí.
No podía dejarla sola.

Alma

Ese día sentí que la patria era ella.
La mujer humillada.
La frontera como cárcel.
Y mi cuerpo como escudo.

Mi madre me enseñó a no callarme.
Mi adolescencia anárquica me enseñó a intervenir.
Y la justicia social…
esa me enseñó a estar donde más duele.

Respiré profundo cuando me soltaron.
Respiré con rabia.
Respiré con amor.



miércoles, 6 de agosto de 2025

Microrrelato viajero: Viajar por América Latina...


Viajar por América Latina es sumergirse en un mapa que respira, que canta, que resiste.
Es descubrir que las fronteras no dividen, sino que susurran historias comunes de lucha y esperanza.
Es caminar por calles empedradas donde aún resuenan los pasos de nuestros abuelos,
y cruzarse con miradas que, sin hablar, reconocen un destino compartido.

Es desayunar arepas en Bogotá, almorzar ceviche en Lima y cenar empanadas en Buenos Aires,
sintiendo que el corazón late al ritmo de cada pueblo.
Es bailar cumbia, tango, samba y huayno,
y entender que la música es un idioma sin pasaporte.

Viajar por América Latina es abrazar las contradicciones:
la riqueza de la Pachamama junto a la miseria impuesta,
la ternura del pueblo frente a la violencia de los poderosos.
Es ver las cicatrices del colonialismo y sentir el fuego de la rebeldía que aún arde.

Es compartir una cerveza con un desconocido que se convierte en compañero,
es perderse en un mercado y encontrarse en una conversación sincera.
Es subirse a una combi que no parece llegar nunca y bajarse con una anécdota inolvidable.

Es encontrarse con la selva, el altiplano, el Caribe, los Andes, el desierto,
y saber que todos habitan en un mismo pecho: el nuestro.
Es reencontrarse con la madre tierra en cada paso descalzo,
y pedirle permiso para seguir caminando.

Viajar por América Latina es sentir que el Sur no es el fondo,
sino la raíz.
Que el futuro no está en el norte,
sino en los abrazos que tejemos aquí, entre nosotros.

Es entender que la historia no se lee solo en libros,
sino en los muros, los cantos, las heridas y las manos curtidas de los pueblos.
Es reconocer que cada paso es también una elección:
de qué lado de la historia queremos estar.

Viajar por América Latina es, en el fondo, volver a casa.
Aunque nunca hayas estado ahí antes.
Porque hay algo en la tierra, en la lengua, en la lucha,
que te dice: “Sos parte”.
Y entonces sabés que este viaje no termina,
porque vos también sos América Latina.

martes, 5 de agosto de 2025

Microrrelatos viajeros: Viajar en Colombia es caminar sobre un libro abierto, donde cada página huele a café recién tostado y a tierra mojada.


La Candelaria, en el corazón de Bogotá,
te recibe como un viejo cuento que aún vibra en los muros.
Yo estoy ahí, en la plaza del Chorro de Quevedo,
con la cámara invisible de la memoria encuadrando la escena.
Las casas coloniales, de techos rojos y colores que gritan,
parecen actores esperando su turno para hablar.
Y hablan.
Hablan de revoluciones, de poetas, de pueblos,
de historias que no entran en los manuales.
En esa esquina, un hombre pinta con palabras,
en la otra, una mujer danza con la brisa.
El teatro: la vida.
Los protagonistas: nosotros.
Turistas, locales, vendedores, mochilas llenas de dudas,
y sonrisas que se cruzan sin pedir traducción.
Bogotá es altura que corta el aliento,
pero también es abrazo.
En cada empedrado, una canción no cantada;
en cada grafiti, una verdad no dicha por televisión.
Tomamos una cerveza artesanal,
brindamos con desconocidos que ya son compañeros.
Alguien recita a García Márquez,
otro grita un rap sobre justicia y despojo.
Las palabras cuelgan en el aire como banderas sin patria.
Viajar en Colombia es entender que la historia sigue latiendo,
que la memoria tiene olor a arepa,
que no hay frontera más fuerte que la del prejuicio
y que cruzarla es abrirse a la belleza.
Los cerros miran desde arriba,
como guardianes antiguos del caos y la ternura.
Y uno se siente pequeño,
pero también parte de algo más grande.
Hay algo sagrado en caminar estas calles,
como si cada paso sellara un pacto con el presente.
Una promesa de volver, o al menos de no olvidar.
Viajar en Colombia no es escapar,
es llegar.
Llegar a uno mismo en el reflejo de los otros.
A veces la historia es dolorosa,
otras, es pura cumbia y carcajada.
En La Candelaria, el arte no es un lujo,
es una necesidad.
Que la poesía vive en la calle,
y la política también.
Que la vida se defiende con alegría,
y que resistir también puede ser bailar.
Allí, donde todo se mezcla,
sentí que estaba en escena.
La ciudad era el telón,
el instante era el guion.
Y yo, sin decir nada, actuaba.
Porque en Colombia no se viaja,
se habita.
Se sueña, se pregunta,
se escribe con los pies lo que el alma quiere decir.
Y en cada paso,
uno se convierte —sin saberlo—
en parte del relato.