lunes, 20 de julio de 2026

Del mundial 90 al 26

Argentina es garra, fútbol y corazón...

Los argentinos tenemos una manera muy particular de vivir el fútbol. Nos enseñaron que solo importa salir campeón, pero nuestra historia demuestra otra cosa. Nosotros también sabemos abrazar las derrotas cuando detrás hay entrega, compromiso y un grupo dispuesto a dejar hasta la última gota de sudor por una camiseta. Eso fue lo que hizo este equipo. Con jugadores tocados, otros lesionados y varios llegando al límite físico, salió a jugar una final sin esconderse, con el corazón en la mano y el orgullo intacto. Eso, para cualquier hincha argentino, vale mucho más que un discurso vacío sobre el éxito.

Por eso es imposible no mirar hacia atrás y recordar Italia 90. Aquella Selección de Bilardo llegó a la final caminando sobre las cenizas. Diego Maradona jugaba con un tobillo destruido. Caniggia estaba suspendido. Varios futbolistas arrastraban lesiones y el equipo avanzaba a fuerza de coraje, sacrificio y una convicción que parecía desafiar toda lógica. Nadie apostaba un peso por ellos y, sin embargo, estuvieron a un paso de levantar la Copa del Mundo.

Treinta y seis años después, la historia parece hacer un guiño. Otra vez una Selección golpeada físicamente. Otra vez un grupo que tuvo que reinventarse partido tras partido. Otra vez un capitán que cargó sobre sus hombros mucho más que una cinta. Si en 1990 fue Diego, hoy ese lugar le pertenece a Lionel Messi. Distintos en sus formas, inmensos en su legado. Dos generaciones separadas por décadas, pero unidas por la misma responsabilidad: ser el rostro de un pueblo que deposita en ellos mucho más que expectativas deportivas.

Como en 1990, la final terminó con una derrota frente a una potencia europea. Duele, claro que duele. Siempre va a doler perder una final. Pero reducir esta historia a noventa minutos sería profundamente injusto. Porque hubo un recorrido lleno de obstáculos, de partidos épicos, de jugadores que siguieron cuando el cuerpo ya no respondía. Hubo un equipo que jamás negoció la actitud. Y eso también los argentinos lo celebramos.

En estos días aparecieron imágenes que dejaron mucho para pensar. Resultó llamativo ver a personas de distintos países latinoamericanos celebrando el triunfo español como si fuera propio. Cada uno es libre de simpatizar por quien quiera. El fútbol tiene esas licencias. Pero cuesta no preguntarse cuánto conocemos de nuestra propia historia cuando algunos terminan identificándose con la bandera de un imperio que durante siglos conquistó estos territorios, saqueó sus riquezas, sometió a sus pueblos originarios y protagonizó uno de los genocidios más sangriento de nuestro continente. No se trata de trasladar las guerras de hace quinientos años a una cancha de fútbol. Se trata, simplemente, de recordar que la memoria también juega. Que América Latina todavía tiene heridas abiertas y que la identidad no debería construirse olvidando de dónde venimos.


También hubo una escena que resumió muchas de las contradicciones del mundo actual. Antes de la final, la FIFA volvió a desplegar su mensaje de "Love", de amor, inclusión y fraternidad universal. Un discurso impecable para las cámaras. Difícil no compartir esos valores. El problema aparece cuando el espectáculo termina y volvemos a mirar el mundo real. Mientras se multiplican los mensajes institucionales sobre la paz, continúan guerras que arrasan ciudades enteras, bombardeos que asesinan a miles de civiles y millones de niños que pagan con su vida decisiones tomadas por dirigentes muy lejos de los campos de batalla. La distancia entre los discursos y los hechos es tan enorme que termina convirtiendo muchas de esas consignas en simples recursos de marketing. El deporte puede ser un puente entre los pueblos, pero jamás debería utilizarse para maquillar las tragedias de nuestro tiempo.

Y sin embargo, en medio de todo ese contexto, los argentinos salimos a la calle. Algunos no lo entienden. Preguntan cómo puede festejarse un segundo puesto. La respuesta quizá no esté en el fútbol sino en nuestra manera de habitar la vida.

Los argentinos somos así. Festejamos las victorias y también las derrotas. Porque entendemos que la vida nunca viene en blanco y negro. Está hecha de luces y sombras, de alegrías mezcladas con tristezas, de conquistas y de cicatrices.

En tiempos de dolor social, de salarios que no alcanzan, de incertidumbre y de angustias cotidianas, muchas veces festejamos como una forma de resistencia. No porque ignoremos la realidad ni porque queramos anestesiarnos frente a los problemas. Todo lo contrario. Festejamos para recordarnos que todavía somos capaces de emocionarnos juntos.

Festejamos para no sentirnos definitivamente vencidos. Porque cuando un grupo representa con dignidad una camiseta, sentimos que todavía existen causas colectivas por las cuales vale la pena ilusionarse.

Festejamos el proceso y no solamente el resultado. Festejamos el esfuerzo silencioso de quienes entrenan durante años para defender un escudo. Festejamos a esos jugadores que dejan de lado el ego para correr por el compañero. Festejamos el abrazo después de cada gol, la solidaridad dentro de la cancha y la humildad fuera de ella.

Festejamos el camino transitado porque, aunque algunos no lo comprendan, eso también nos regaló algo invaluable: la posibilidad de volver a encontrarnos. De abrazarnos con desconocidos. De discutir de fútbol en una esquina. De cantar el himno con la piel erizada. De sentir, aunque sea por un rato, que existe un "nosotros" capaz de imponerse sobre tanto individualismo.

Festejamos porque necesitamos descansar, aunque sea unas horas, de la angustia cotidiana. Porque el fútbol, cuando representa valores nobles, también funciona como refugio. Como abrazo colectivo. Como esa pausa que nos permite recuperar fuerzas para seguir peleando las batallas de todos los días.

Y festejamos porque estos muchachos laten argentinidad al palo. Porque nunca dejaron de correr. Porque jamás bajaron los brazos. Porque defendieron nuestros colores con una entrega que emociona.

Y Messi... bueno, Messi ya no necesita ganar nada para entrar en la historia. Hace tiempo dejó de ser solamente el mejor futbolista de su generación. Hoy es un mito popular. Uno de esos nombres que sobreviven a las épocas porque representan algo mucho más grande que un deporte.

Quizá por eso hay algo profundamente hermoso en estas pequeñas derrotas que terminan pareciendo victorias. Porque nos recuerdan que la grandeza, a veces, está en la dignidad con la que se pelea hasta el último minuto. Y esa enseñanza vale para el fútbol, pero también para la vida.

Si alguna vez te preguntaste por qué un pueblo puede salir a celebrar después de perder una final, tal vez la respuesta sea esta: no estábamos festejando un segundo puesto. Estábamos celebrando la entrega, la identidad y la esperanza. Porque mientras existan equipos capaces de hacernos sentir parte de algo más grande que nosotros mismos, siempre habrá motivos para volver a creer.

Gracias…

lunes, 22 de junio de 2026

El gol a los ingleses llegó a la Islas Malvinas

 “Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial, y deja al tercero y va a tocar para Burruchaga… ¡Siempre Maradona! ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio!… ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta… y Goooooool… Gooooool… ¡Quiero llorar! ¡Dios santo! ¡Viva el fútbol! ¡Golazo! ¡Diego Maradona! Es para llorar, perdónenme… Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos… barrilete cósmico… ¿de qué planeta viniste? Para dejar en el camino tanto inglés, para que el país sea un puño apretado, gritando por Argentina… Argentina 2 – Inglaterra 0… Diegol, Diegol, Diego Armando Maradona… Gracias Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este… Argentina 2 – Inglaterra 0…”

Víctor Hugo Morales, 22 de junio de 1986 en el Estadio Azteca de México

Cuando el avión comenzó a descender sobre las Islas Malvinas, sentí que llevaba mucho más que una mochila. En ella viajaban mis kilómetros en bicicleta, los caminos de América Latina, las tardes infinitas mirando el Mundial del '86 y una camiseta celeste y blanca con un nombre que para nosotros nunca fue solamente un jugador: Maradona.

Era un viaje hacia una herida.

Al sentir el viento, que golpeaba las costas de Puerto Argentino, comprendí que esas ráfagas no eran distintas de las que tantas veces había sentido pedaleando la Ruta 40, cruzando la Cordillera hacia Chile o bordeando el Río de la Plata rumbo a Uruguay. El mismo viento parecía repetir una pregunta que Argentina todavía intenta responder.

Al llegar al Cementerio de Darwin. Me pregunté: ¿Cómo se vuelve de una guerra? Las cruces blancas, los crucifijos flotando por el viento y las casacas de Argentina, como abrigando las cruces. Allí descansan soldados que tenían casi la misma edad que Diego cuando levantó la Copa del Mundo en el Estadio Azteca.

Pensé que algunos de ellos probablemente habían escuchado por radio aquellos partidos del Mundial Juvenil del '79. Quizás soñaban, como millones de argentinos, con ver al diez conquistar el mundo en el Mundial de España 82.

Pero antes llegó la guerra. Y después el silencio.

Mientras avanzaba entre las tumbas, puse en mi teléfono el relato de Víctor Hugo Morales: "Barrilete cósmico... ¿de qué planeta viniste?" Aquella frase nunca fue solamente un relato deportivo sino un desahogo colectivo.

Porque cuatro años después de Malvinas, Diego enfrentó a Inglaterra en el escenario más grande del planeta: El primer gol quedó para siempre envuelto en la picardía argentina. El segundo pertenece a la historia de la humanidad. Fue una obra de arte.

Mientras Diego dejaba ingleses en el camino, millones de argentinos corríamos con él intentando recuperar algo imposible de recuperar.

La dignidad.

Por eso, parado frente al Atlántico Sur, supe que aquellos goles jamás hablaron de revancha, sino que hablaron de memoria.

Ni en la literatura, las guerras nunca se ganan con una pelota, pero los pueblos también necesitan símbolos para seguir caminando. Y Diego nos regaló uno.

Saqué lentamente la camiseta azul número diez de la mochila. La extendí frente a una cruz que rezaba “Soldado argentino solo conocido por Dios”, como quien deja una flor.

Pensé en todos los viajes que había realizado con esa camiseta recorriendo América Latina. México, donde el Azteca todavía respira cada gambeta. Perú y Bolivia, donde cualquier cancha de tierra conserva algo del potrero. Colombia y Ecuador, donde los niños siguen jugando descalzos. Cuba, donde Diego encontró refugio. Cada país guardaba una historia distinta pero en todos aparecía el mismo nombre: Maradona.

El Diego nunca fue solamente argentino. Fue latinoamericano. Popular. Imperfecto. Humano.

Quizás por eso su figura también pertenece a quienes siempre pelean desde abajo.

A los trabajadores.

A los olvidados.

A los excombatientes.

Antes de regresar miré una última vez el horizonte. Pensé que la soberanía también se construye recordando. Viajando. Contando historias. Porque los mapas pueden dibujarse con tinta y la identidad siempre termina escribiéndose con la memoria.

Y mientras el viento seguía soplando, tuve la certeza de que el segundo gol a los ingleses todavía seguía viajando. No quedó detenido en el Estadio Azteca. También cruzó el Atlántico y llegó hasta estas islas.

Y continúa rodando, como una pelota imposible de detener, en el corazón de quienes entendemos que el fútbol, cuando nace del pueblo, también puede convertirse en una forma de recordar, de resistir y de mantener viva la historia.

lunes, 8 de junio de 2026

La Gran Bestia Pop

 "Cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón". (Juguetes perdidos).

A pocos días de la muerte del Indio Solari, las radios repiten canciones que ya forman parte de la memoria colectiva. Las redes sociales se llenan de fotografías gastadas, entradas de recitales amarillentas, tatuajes, abrazos en recitales. Y por mis adentros, descubro que no estoy llorando a un músico, sino que estoy despidiendo a un familiar.

A alguien que estuvo presente durante más de treinta años de mi vida sin haber compartido jamás una mesa conmigo. Entiendo, entonces, que hay artistas que se escuchan y hay otros que se habitan (y nos habitan).

Mi historia con Los Redonditos de Ricota empezó cuando tenía doce años.

Recuerdo un viaje familiar por la Mesopotamia argentina y alguna ruta que ya no sabría nombrar. Mi viejo manejaba. Afuera desfilaban estaciones de servicio, pueblos diminutos y campos interminables. Adentro del auto giraban los casetes de “Un baión para el ojo idiota y Bang! Bang! Estás liquidado”.

No entendía demasiado, pero algo de aquella música me atrapaba. Había un misterio. Un idioma propio.Una manera distinta de mirar el mundo.

Mientras otros cantaban sobre amores perfectos, ellos parecían hablar de los derrotados, de los que caminaban por la cornisa, de los que estaban solos en medio de la multitud. Y yo, sin saberlo, empecé a viajar con ellos.

A los trece años llegaron las noches de verano junto a mi abuela. Todavía puedo verla sentada en el patio. El calor suspendido sobre las plantas. Los grillos y los sapos, en el jardín. El minicomponente SONY y los CD. Y las canciones de Gulp sonando mientras la noche caía lentamente sobre el barrio.

Mucho tiempo después, el cáncer se la llevó hacia otros planos, pero cuando escucho "La Bestia Pop" o "Ñam Fri Frufi Fali Fru", no escucho solamente los acordes de Skay. Escucho a mi abuela respirando despacio bajo las estrellas. Escucho una parte de mi infancia que sigue viva.

En mi habitación, también había un rincón ricotero. Los pósters cubrían las paredes que compartían espacio con otras bandas, otros sueños y otras rebeldías adolescentes. Sin dudas, era mi refugio, mi pequeña república independiente. Un territorio donde las canciones del Indio explicaban mejor el mundo que muchos libros escolares.

Y en este relato cronológico, todavía recuerdo el regalo de mi tía Viviana cuando cumplí catorce años. El CD doble de Lobo Suelto, Cordero Atado. Recuerdo abrirlos como quien recibe una reliquia. Íbamos caminando por la calle dos de Santa Teresita, luego de salir de “Marykar”, por aquel entonces, la única disquería de mi pueblo.

Pasé horas mirando el arte de tapa, leyendo las letras, intentando descifrar mensajes que parecían escritos para una generación entera: algunas canciones eran acertijos, otras eran puñetazos. Todas dejaban marcas.

Nunca usé Topper blancas. Nunca llevé pañuelito al cuello. Tampoco tuve flequillo. Nunca encajé demasiado en la estética ricotera que los medios intentaban caricaturizar.

¿Fui ricotero? Para mí, ser ricotero nunca tuvo que ver con la ropa. Tenía que ver con sentirse parte de una tribu y con reconocer una sensibilidad. Con comprender que detrás de aquellas metáforas habitaban los mismos dolores que recorrían las calles latinoamericanas.

Por esto, el Indio me interesó como símbolo porque mientras muchos artistas buscaban agradar al poder, él eligió hablarles a los que siempre quedaban afuera:.

A los olvidados.

A los descartados.

A los desposeídos.

A los que atravesaban la vida desde los márgenes.

A los detenidos que escuchaban sus discos en los pabellones.

A los pibes sin oportunidades.

A los trabajadores golpeados por las crisis.

A los que encontraban en una canción una manera de resistir.

Por eso la misa ricotera fue una ceremonia popular. Una multitud buscando reconocerse. Una patria provisoria hecha de bombos, humo, cerveza y poesía.

Quizás por eso algunas frases siguen acompañándome cuando viajo. "El futuro llegó hace rato..." Y aparece en alguna terminal perdida de Bolivia. En una bicicleta avanzando por la Ruta 40. En un atardecer frente al Pacífico. En una frontera cualquiera de Sudamérica.

Porque las canciones de Los Redondos siempre fueron compañeras de camino: "¿Qué puede darme un pobre corazón?" Y la pregunta sigue viajando conmigo. Entre mochilas. Entre rutas. Entre despedidas.

Ahora que se fue, muchos hablarán de récords, de discos, de recitales históricos. Yo prefiero recordar a ese hombre que logró construir una de las expresiones más genuinas de la cultura popular argentina.

Un artista que nunca pidió permiso. Que jamás se volvió domesticable y que nos enseñó que la poesía también podía encontrarse en un pabellón, en una villa, en una fábrica cerrada o en una esquina cualquiera del conurbano.

Por eso no siento que se fue un familiar. Uno de esos familiares extraños que ayudan a crecer sin saberlo. Que acompañan cada etapa de la vida. Que aparecen en los recuerdos más felices y también en las noches más difíciles.

Y mientras alguna canción vuelve a sonar desde una radio lejana, entiendo que tal vez el Indio nunca perteneció completamente a este mundo sino a ese territorio invisible donde viven las canciones que ya son parte de nuestra propia historia.

martes, 2 de junio de 2026

El viaje maradoneano.

Maradona fue "el más humano de los dioses" Eduardo Galeano

A pocos días de que empiece otro Mundial, vuelvo a hacer lo mismo de siempre: buscar a Diego.

No lo busco en los archivos de televisión ni en los resúmenes deportivos de las redes sociales. Lo busco en los caminos. En los mapas doblados por la humedad. En los sellos del pasaporte. En el polvo de las rutas. Lo busco donde siempre estuvo: viajando conmigo.

Desde que tengo memoria, la camiseta de Diego Armando Maradona fue una bandera. Una declaración de principios. Una manera de caminar el mundo diciendo quién era y de dónde venía.

La llevé por los cerros de Machu Picchu, donde las piedras parecían guardar memorias más antiguas que cualquier imperio. La llevé por los caminos de Cuba, donde Diego dejó parte de su cuerpo para intentar salvar su alma. La llevé por las calles calientes de Venezuela, por los barrios de Colombia, por los mercados de Ecuador, por los desiertos de Perú y por la altura imposible de Bolivia.

También la llevé pedaleando. En las costas de Uruguay, donde el Río de la Plata parece una conversación infinita entre pueblos hermanos. En las montañas de Chile, donde el viento del pacífico golpea la cara como una verdad. En las rutas de Córdoba y en los kilómetros interminables de la Ruta 40, donde uno aprende que el NOA no se recorre sin escuchar el perturbable silencio.

Y en todos esos lugares pasó algo parecido.

Alguien miraba la camiseta.

Sonreía.

Y decía una sola palabra.

—Diego.

No importaba el idioma. No importaba la frontera.

Diego era una contraseña universal.

Como si aquel pibe de Villa Fiorito hubiera logrado algo que ni los presidentes ni los diplomáticos consiguieron jamás: que un argentino pudiera sentirse en casa en cualquier rincón del continente.

Pero si hay un lugar donde siempre termino encontrándolo es en México. Más precisamente en el Estadio Azteca. Aquel gigante inaugurado en 1966, el único estadio del mundo que albergó dos finales mundialistas y que volverá a ser protagonista en la Copa del Mundo de 2026.

Yo llegué allí muchos años después, en 2008. Bajé en la estación del tren ligero que lleva su nombre: Estadio Azteca. Recuerdo caminar despacio. Como quien se acerca a una catedral. Porque para los creyentes del fútbol ese lugar no es un aglomerado de cemento. Es mito. Es memoria. Es una página sagrada de la historia latinoamericana.

Allí Diego le hizo dos goles a Inglaterra. Uno con la mano de dios. Otro con los pies de los dioses. Y finalmente, levantó la Copa del Mundo después de derrotar a Alemania en aquella final inolvidable de 1986.

Cuando entré al estadio vacío imaginé los ecos. Ochenta mil gargantas gritando. El relato de Víctor Hugo, suspendido en el aire. La pelota pegada al botín izquierdo. Los ingleses persiguiendo a un enano. Y Diego corriendo. Siempre corriendo. No escapando. Avanzando. Como avanzan los pueblos cuando se niegan a rendirse.

A veces pienso que por eso seguimos hablando de él. No siempre por los goles y ni siquiera por los títulos sino porque nos enseñó una forma de pelear. La de los que vienen de abajo. La de los que no tienen permiso. La de los que saben que el mundo suele estar organizado para que ganen otros.

Así fue que cada viaje con su camiseta fue una conversación silenciosa con esa idea. En una plaza de La Habana. En una carretera peruana. En una montaña boliviana. En una playa venezolana. En una ruta argentina.

Siempre aparecía alguien para recordar una jugada, una sonrisa, una anécdota. Y entonces, Diego ya no pertenecía al fútbol sino a la geografía sentimental de América Latina.

Ahora se acerca otro Mundial. Las pantallas volverán a llenarse de estadísticas, pronósticos y figuras nuevas, pero todos sabemos que, en algún momento, volverán a nombrarlo. Porque en todas las competencias, hay futbolistas que brillan, pero uno sólo se transformó en paisaje.

Por eso, cada vez que cargo una mochila, ajusto una bicicleta o cruzo una frontera con la diez en la espalda, siento que no viajo solo. Viajan conmigo los caminos recorridos. Viajan mis sueños de pibe. Y viaja el Diego.

Ese capitán invisible que sigue gambeteando el tiempo, como aquella tarde eterna en el Azteca, donde convirtió una cancha de fútbol en una leyenda que todavía ilumina los caminos de quienes seguimos creyendo que viajar también es una forma de agradecer.

Gonzalo Niggli

jueves, 2 de abril de 2026

Capítulo: Las islas que nos habitan son argentinas

I

No recuerdo exactamente qué día fue, pero sí la escena.

Tenía diez años y la escuela olía a tiza, a guardapolvo recién lavado y a algo más que no sabía nombrar en ese momento: ausencia.
Fue la primera vez que vi a un excombatiente de Malvinas.

Estaban en la puerta, vendiendo escarapelas y banderas argentinas.
No tenían uniforme.
No tenían discursos.
Tenían cajas de cartón, manos gastadas y una mirada difícil de sostener.

Yo compré una escarapela sin entender del todo qué estaba comprando.
Pero algo en ese gesto —tan simple— me dejó una inquietud que me acompañó durante años.

Había algo que no cerraba.
Nos enseñaban la guerra como una fecha, como un contenido escolar, como una efeméride ordenada.
Pero esos hombres… esos hombres no eran un contenido.
Eran la prueba viva de que algo había quedado mal resuelto.

El Estado los había olvidado.
Y la sociedad, también.

Esa fue mi primera lección sobre Malvinas:
que la guerra no termina cuando se firman los papeles.
La guerra sigue en los cuerpos.

II

La segunda vez que Malvinas me atravesó fue en la Facultad de Comunicación Social.

Ya no era un chico.
O al menos creía que no lo era.

Vinieron excombatientes a dar testimonio.
No traían banderas para vender, traían historias.
Y las historias pesan distinto.

Hablaron del frío.
Del hambre.
Del miedo que no se va nunca.
De los compañeros que quedaron en las islas… y de los que volvieron pero no pudieron volver del todo.

En un momento tuve que tomar la palabra.

No recuerdo exactamente qué dije.
Recuerdo la emoción.
Recuerdo que la voz se me quebró en algún punto entre la historia y el silencio.

Porque no estaba hablando frente a “excombatientes”.
Estaba hablando frente a hombres que habían visto la muerte de cerca, demasiado cerca.
Y que, sin embargo, estaban ahí, compartiendo.

Ese día entendí otra cosa:
que Malvinas no es solo territorio.
Es memoria viva.
Y la memoria, cuando se comparte, deja de ser peso y se vuelve puente.

III

En mi casa, Malvinas estaba todos los días.

No como tema de conversación,
sino como presencia.

Mi hermano Marcos pintó un mural en mi habitación.
Un mural enorme.
Las islas, el mapa, los colores, la historia latiendo en la pared.

Yo me despertaba todas las mañanas con Malvinas mirándome.
No como un reclamo, sino como una pregunta.

¿Qué hacemos con esto?
¿Qué hacemos con lo que pasó?
¿Qué hacemos con lo que sigue pasando?

Ese mural fue otra forma de memoria.
No académica.
No institucional.
Una memoria afectiva.
Familiar.
De esas que no necesitan explicarse.

Malvinas empezó a habitarme así:
en fragmentos.
En escenas.
En preguntas que no cerraban.

IV

Y después vino el viaje.

No cualquier viaje.

El viaje.

Fue idea de mi hermano Gastón.
Nos propuso ir a las islas.
A nosotros tres.
A los tres hermanos.

No lo dudamos demasiado, pero sí lo sentimos.
Porque sabíamos —sin decirlo— que no era un viaje más.

Era el primero juntos.
Y, sin saberlo del todo, también sería el más importante.

Llegar a las Islas Malvinas no es como llegar a cualquier lugar.
Hay algo en el aire que cambia.
No es solo el viento —que es fuerte, constante, casi una presencia—.
Es la historia.

El suelo tiene memoria.

Caminar ahí es caminar sobre capas de tiempo.
Sobre lo que fue.
Sobre lo que duele.
Sobre lo que todavía busca sentido.

V

Recorrimos los montes.

Dos Hermanas.
Longdon.
Tumbledown.

Nombres que había leído en libros, escuchado en relatos, visto en documentales.
Pero estar ahí…
es otra cosa.

El silencio no es silencio.
Es un eco.

Un eco de disparos, de órdenes, de gritos, de frío.
Un eco que no se escucha con los oídos, sino con el cuerpo.

Caminábamos los tres, juntos.
A veces hablábamos.
A veces no.

Había momentos en que el paisaje imponía respeto.
Como si nos dijera:
“Acá pasó algo que no se puede nombrar del todo.”

Y nosotros, hermanos, caminando.
Por primera vez juntos en un viaje.
Por primera vez entendiendo algo que no se enseña en ninguna escuela.

VI

Recuerdo un momento en particular.

Estábamos en un monte.
El viento pegaba fuerte.
El cielo, gris.
La tierra, dura.

Uno de nosotros —no importa cuál— dijo algo sobre los soldados.
Sobre los pibes.
Sobre la edad.

Y ahí cayó todo.

Tenían casi nuestra edad.

Ese fue el golpe real.
No la historia.
No la geopolítica.
No la soberanía.

La edad.

Eran pibes.
Como nosotros.
Como los que hoy van a la escuela y compran escarapelas sin entender del todo.

Ahí Malvinas dejó de ser relato.
Se volvió espejo.

VII

También estuvimos en el cementerio.

Darwin.

Las cruces blancas.
El orden.
El silencio absoluto.

Y esos nombres.

Y esos otros:
“Soldado argentino solo conocido por Dios”.

Hay algo profundamente injusto en no tener nombre.
Pero también profundamente humano en que alguien, en algún momento, haya decidido escribir eso.

Nos quedamos un rato largo.

No hacía falta hablar.

En ese lugar, el tiempo no avanza.
Se suspende.

Pensé en los excombatientes de la escuela.
Pensé en los de la facultad.
Pensé en los que volvieron y en los que no.

Y pensé en nosotros.

En cómo habíamos llegado ahí.
En cómo ese viaje nos estaba uniendo de una manera que no habíamos previsto.

VIII

Porque el viaje también fue eso.

Hermandad.

No la de la infancia.
No la de la convivencia.
Otra.

Una más consciente.
Más elegida.

Caminábamos juntos,
compartíamos silencios,
mirábamos el mismo horizonte.

Y entendí algo que no había entendido antes:
que viajar también es una forma de encontrarse con los otros…
y con los propios.

Ese fue nuestro primer viaje como hermanos.
Y fue, sin dudas, el mejor.

No por el destino.
Sino por lo que nos pasó ahí.

IX

Al volver, Malvinas ya no era la misma.

Ni nosotros tampoco.

Las islas dejaron de ser un punto en el mapa.
Se volvieron experiencia.
Cuerpo.
Memoria encarnada.

Y entendí algo más.

Que Malvinas no se reduce a una consigna.
No entra en un discurso cerrado.
No se agota en una fecha.

Malvinas es una herida abierta, sí.
Pero también es una posibilidad.

La posibilidad de construir memoria.
De escuchar.
De no repetir el olvido.

X

A veces vuelvo a esa primera escena.

El chico de diez años.
La escarapela.
El excombatiente en la puerta de la escuela.

Y pienso en todo lo que vino después.

La facultad.
El mural.
El viaje.
Mis hermanos.
Las islas.

Y entiendo que ese gesto mínimo —comprar una escarapela—
fue, sin saberlo, el inicio de un camino.

Un camino que todavía sigo andando.

Porque Malvinas no es solo pasado.
Es presente.
Es pregunta.
Es compromiso.

XI

Hoy, cuando se conmemora a los veteranos y caídos,
no pienso en discursos.

Pienso en miradas.
En manos.
En voces que tiemblan pero hablan igual.

Pienso en los que estuvieron.
En los que volvieron.
En los que no.

Y también pienso en nosotros.
En lo que hacemos con esa historia.

Porque la memoria no es un acto pasivo.
Es una práctica.

Se construye.
Se sostiene.
Se transmite.

XII

Las islas quedan lejos en el mapa.
Pero hay viajes que acortan distancias.

Y hay territorios que, una vez que los pisás,
no te abandonan nunca más.

Malvinas es uno de ellos.

No porque la hayamos visitado.
Sino porque ahora nos habita.

A nosotros.
A nuestra historia.
A nuestros vínculos.

A ese viaje que hicimos tres hermanos
y que, de alguna manera,
todavía sigue.