jueves, 2 de abril de 2026

Capítulo: Las islas que nos habitan son argentinas

I

No recuerdo exactamente qué día fue, pero sí la escena.

Tenía diez años y la escuela olía a tiza, a guardapolvo recién lavado y a algo más que no sabía nombrar en ese momento: ausencia.
Fue la primera vez que vi a un excombatiente de Malvinas.

Estaban en la puerta, vendiendo escarapelas y banderas argentinas.
No tenían uniforme.
No tenían discursos.
Tenían cajas de cartón, manos gastadas y una mirada difícil de sostener.

Yo compré una escarapela sin entender del todo qué estaba comprando.
Pero algo en ese gesto —tan simple— me dejó una inquietud que me acompañó durante años.

Había algo que no cerraba.
Nos enseñaban la guerra como una fecha, como un contenido escolar, como una efeméride ordenada.
Pero esos hombres… esos hombres no eran un contenido.
Eran la prueba viva de que algo había quedado mal resuelto.

El Estado los había olvidado.
Y la sociedad, también.

Esa fue mi primera lección sobre Malvinas:
que la guerra no termina cuando se firman los papeles.
La guerra sigue en los cuerpos.

II

La segunda vez que Malvinas me atravesó fue en la Facultad de Comunicación Social.

Ya no era un chico.
O al menos creía que no lo era.

Vinieron excombatientes a dar testimonio.
No traían banderas para vender, traían historias.
Y las historias pesan distinto.

Hablaron del frío.
Del hambre.
Del miedo que no se va nunca.
De los compañeros que quedaron en las islas… y de los que volvieron pero no pudieron volver del todo.

En un momento tuve que tomar la palabra.

No recuerdo exactamente qué dije.
Recuerdo la emoción.
Recuerdo que la voz se me quebró en algún punto entre la historia y el silencio.

Porque no estaba hablando frente a “excombatientes”.
Estaba hablando frente a hombres que habían visto la muerte de cerca, demasiado cerca.
Y que, sin embargo, estaban ahí, compartiendo.

Ese día entendí otra cosa:
que Malvinas no es solo territorio.
Es memoria viva.
Y la memoria, cuando se comparte, deja de ser peso y se vuelve puente.

III

En mi casa, Malvinas estaba todos los días.

No como tema de conversación,
sino como presencia.

Mi hermano Marcos pintó un mural en mi habitación.
Un mural enorme.
Las islas, el mapa, los colores, la historia latiendo en la pared.

Yo me despertaba todas las mañanas con Malvinas mirándome.
No como un reclamo, sino como una pregunta.

¿Qué hacemos con esto?
¿Qué hacemos con lo que pasó?
¿Qué hacemos con lo que sigue pasando?

Ese mural fue otra forma de memoria.
No académica.
No institucional.
Una memoria afectiva.
Familiar.
De esas que no necesitan explicarse.

Malvinas empezó a habitarme así:
en fragmentos.
En escenas.
En preguntas que no cerraban.

IV

Y después vino el viaje.

No cualquier viaje.

El viaje.

Fue idea de mi hermano Gastón.
Nos propuso ir a las islas.
A nosotros tres.
A los tres hermanos.

No lo dudamos demasiado, pero sí lo sentimos.
Porque sabíamos —sin decirlo— que no era un viaje más.

Era el primero juntos.
Y, sin saberlo del todo, también sería el más importante.

Llegar a las Islas Malvinas no es como llegar a cualquier lugar.
Hay algo en el aire que cambia.
No es solo el viento —que es fuerte, constante, casi una presencia—.
Es la historia.

El suelo tiene memoria.

Caminar ahí es caminar sobre capas de tiempo.
Sobre lo que fue.
Sobre lo que duele.
Sobre lo que todavía busca sentido.

V

Recorrimos los montes.

Dos Hermanas.
Longdon.
Tumbledown.

Nombres que había leído en libros, escuchado en relatos, visto en documentales.
Pero estar ahí…
es otra cosa.

El silencio no es silencio.
Es un eco.

Un eco de disparos, de órdenes, de gritos, de frío.
Un eco que no se escucha con los oídos, sino con el cuerpo.

Caminábamos los tres, juntos.
A veces hablábamos.
A veces no.

Había momentos en que el paisaje imponía respeto.
Como si nos dijera:
“Acá pasó algo que no se puede nombrar del todo.”

Y nosotros, hermanos, caminando.
Por primera vez juntos en un viaje.
Por primera vez entendiendo algo que no se enseña en ninguna escuela.

VI

Recuerdo un momento en particular.

Estábamos en un monte.
El viento pegaba fuerte.
El cielo, gris.
La tierra, dura.

Uno de nosotros —no importa cuál— dijo algo sobre los soldados.
Sobre los pibes.
Sobre la edad.

Y ahí cayó todo.

Tenían casi nuestra edad.

Ese fue el golpe real.
No la historia.
No la geopolítica.
No la soberanía.

La edad.

Eran pibes.
Como nosotros.
Como los que hoy van a la escuela y compran escarapelas sin entender del todo.

Ahí Malvinas dejó de ser relato.
Se volvió espejo.

VII

También estuvimos en el cementerio.

Darwin.

Las cruces blancas.
El orden.
El silencio absoluto.

Y esos nombres.

Y esos otros:
“Soldado argentino solo conocido por Dios”.

Hay algo profundamente injusto en no tener nombre.
Pero también profundamente humano en que alguien, en algún momento, haya decidido escribir eso.

Nos quedamos un rato largo.

No hacía falta hablar.

En ese lugar, el tiempo no avanza.
Se suspende.

Pensé en los excombatientes de la escuela.
Pensé en los de la facultad.
Pensé en los que volvieron y en los que no.

Y pensé en nosotros.

En cómo habíamos llegado ahí.
En cómo ese viaje nos estaba uniendo de una manera que no habíamos previsto.

VIII

Porque el viaje también fue eso.

Hermandad.

No la de la infancia.
No la de la convivencia.
Otra.

Una más consciente.
Más elegida.

Caminábamos juntos,
compartíamos silencios,
mirábamos el mismo horizonte.

Y entendí algo que no había entendido antes:
que viajar también es una forma de encontrarse con los otros…
y con los propios.

Ese fue nuestro primer viaje como hermanos.
Y fue, sin dudas, el mejor.

No por el destino.
Sino por lo que nos pasó ahí.

IX

Al volver, Malvinas ya no era la misma.

Ni nosotros tampoco.

Las islas dejaron de ser un punto en el mapa.
Se volvieron experiencia.
Cuerpo.
Memoria encarnada.

Y entendí algo más.

Que Malvinas no se reduce a una consigna.
No entra en un discurso cerrado.
No se agota en una fecha.

Malvinas es una herida abierta, sí.
Pero también es una posibilidad.

La posibilidad de construir memoria.
De escuchar.
De no repetir el olvido.

X

A veces vuelvo a esa primera escena.

El chico de diez años.
La escarapela.
El excombatiente en la puerta de la escuela.

Y pienso en todo lo que vino después.

La facultad.
El mural.
El viaje.
Mis hermanos.
Las islas.

Y entiendo que ese gesto mínimo —comprar una escarapela—
fue, sin saberlo, el inicio de un camino.

Un camino que todavía sigo andando.

Porque Malvinas no es solo pasado.
Es presente.
Es pregunta.
Es compromiso.

XI

Hoy, cuando se conmemora a los veteranos y caídos,
no pienso en discursos.

Pienso en miradas.
En manos.
En voces que tiemblan pero hablan igual.

Pienso en los que estuvieron.
En los que volvieron.
En los que no.

Y también pienso en nosotros.
En lo que hacemos con esa historia.

Porque la memoria no es un acto pasivo.
Es una práctica.

Se construye.
Se sostiene.
Se transmite.

XII

Las islas quedan lejos en el mapa.
Pero hay viajes que acortan distancias.

Y hay territorios que, una vez que los pisás,
no te abandonan nunca más.

Malvinas es uno de ellos.

No porque la hayamos visitado.
Sino porque ahora nos habita.

A nosotros.
A nuestra historia.
A nuestros vínculos.

A ese viaje que hicimos tres hermanos
y que, de alguna manera,
todavía sigue.