martes, 28 de julio de 2026

¿Por qué viajamos?

 El psicoanalista advirtió que la búsqueda de una "libertad negativa" (libertad "de" las ataduras) sin una "libertad positiva" (capacidad de conectar e integrar al individuo con la sociedad) conduce, inevitablemente al aislamiento destructivo.

Erich Fromm y el miedo a la libertad

Siempre me pregunté qué es lo que empuja a una persona a dejar la comodidad de su casa para ir hacia un lugar desconocido. Porque viajar, al fin y al cabo, nunca es solamente cambiar de paisaje. Si fuera así, alcanzaría con mirar una foto o un documental. Sin embargo, hay algo que nos llama desde la ruta. Algo difícil de explicar. Una necesidad que aparece sin pedir permiso.

Durante mucho tiempo pensé que viajábamos para conocer el mundo. Y no es así, el mundo es apenas una excusa. Lo que realmente buscamos suele estar mucho más cerca y, al mismo tiempo, mucho más escondido.

Por eso la historia de Christopher McCandless siempre me genera sensaciones encontradas.

Muchos lo convierten en un héroe romántico. Otros prefieren señalar su inexperiencia y decir que murió por una cadena de malas decisiones. Yo creo que ambas miradas se quedan en la superficie. Lo verdaderamente interesante no está en Alaska, ni en el viejo autobús, ni siquiera en su muerte. Está en la pregunta que lo llevó hasta allí.

Chris quería empezar de nuevo. Romper con su historia, con su apellido, con los dolores que cargaba desde la infancia. Cambió de nombre, regaló todo lo que tenía y buscó un lugar donde nadie pudiera alcanzarlo. Creyó que la libertad consistía en no depender de nadie.

Y quizás ahí esté la diferencia con la manera en que yo entiendo los viajes.

Nunca sentí la necesidad de escapar de mi vida. Al contrario. Cada vez que emprendí un camino fue para entenderla un poco mejor. No viajé para dejar de ser quien era, sino para descubrir partes de mí que la rutina no me permitía ver.

Los kilómetros tienen esa extraña capacidad de desordenar nuestras certezas. Uno sale pensando que va a conocer ciudades, montañas o playas, y termina encontrándose con personas que cambian para siempre la forma de mirar el mundo. Un mate compartido en una terminal, una charla con alguien que probablemente nunca volvamos a ver, un partido de fútbol improvisado en cualquier rincón del continente o una comida ofrecida por alguien que no nos debía absolutamente nada. Esas pequeñas escenas valen mucho más que cualquier fotografía.

Con el tiempo entendí que viajar no sólo consiste en acumular destinos sino en dejar que los lugares nos transformen. Nos interpelen y que nos rompan las estructuras.

Por eso nunca creí demasiado en esa idea de "encontrarse a uno mismo". Nadie aparece de golpe al llegar a una montaña o cruzar una frontera. Somos los mismos de siempre, solo que con nuevas preguntas. Y esas preguntas nos acompañan cuando volvemos a casa.

Quizás por eso me conmueve el final de McCandless. Después de recorrer miles de kilómetros buscando la autosuficiencia absoluta, terminó escribiendo una frase que todavía resuena en quienes aman los caminos: "La felicidad solo es real cuando es compartida."

No la leo como una derrota. Tampoco como un arrepentimiento. La siento como el descubrimiento de alguien que entendió demasiado tarde que ningún paisaje alcanza para llenar el vacío si no existe alguien con quien compartirlo.

Viajar puede enseñarnos muchas cosas. Puede volvernos más humildes, más curiosos y más agradecidos. Puede mostrarnos que el mundo es inmenso y que nuestras certezas son mucho más pequeñas de lo que imaginábamos. Pero, sobre todo, puede recordarnos que el verdadero viaje nunca ocurre solamente sobre un mapa.

Los caminos cambian el cuerpo. Las personas cambian el alma. Y quizás ese sea, al final, el único motivo que realmente justifica salir a viajar.

lunes, 20 de julio de 2026

Del mundial 90 al 26

Argentina es garra, fútbol y corazón...

Los argentinos tenemos una manera muy particular de vivir el fútbol. Nos enseñaron que solo importa salir campeón, pero nuestra historia demuestra otra cosa. Nosotros también sabemos abrazar las derrotas cuando detrás hay entrega, compromiso y un grupo dispuesto a dejar hasta la última gota de sudor por una camiseta. Eso fue lo que hizo este equipo. Con jugadores tocados, otros lesionados y varios llegando al límite físico, salió a jugar una final sin esconderse, con el corazón en la mano y el orgullo intacto. Eso, para cualquier hincha argentino, vale mucho más que un discurso vacío sobre el éxito.

Por eso es imposible no mirar hacia atrás y recordar Italia 90. Aquella Selección de Bilardo llegó a la final caminando sobre las cenizas. Diego Maradona jugaba con un tobillo destruido. Caniggia estaba suspendido. Varios futbolistas arrastraban lesiones y el equipo avanzaba a fuerza de coraje, sacrificio y una convicción que parecía desafiar toda lógica. Nadie apostaba un peso por ellos y, sin embargo, estuvieron a un paso de levantar la Copa del Mundo.

Treinta y seis años después, la historia parece hacer un guiño. Otra vez una Selección golpeada físicamente. Otra vez un grupo que tuvo que reinventarse partido tras partido. Otra vez un capitán que cargó sobre sus hombros mucho más que una cinta. Si en 1990 fue Diego, hoy ese lugar le pertenece a Lionel Messi. Distintos en sus formas, inmensos en su legado. Dos generaciones separadas por décadas, pero unidas por la misma responsabilidad: ser el rostro de un pueblo que deposita en ellos mucho más que expectativas deportivas.

Como en 1990, la final terminó con una derrota frente a una potencia europea. Duele, claro que duele. Siempre va a doler perder una final. Pero reducir esta historia a noventa minutos sería profundamente injusto. Porque hubo un recorrido lleno de obstáculos, de partidos épicos, de jugadores que siguieron cuando el cuerpo ya no respondía. Hubo un equipo que jamás negoció la actitud. Y eso también los argentinos lo celebramos.

En estos días aparecieron imágenes que dejaron mucho para pensar. Resultó llamativo ver a personas de distintos países latinoamericanos celebrando el triunfo español como si fuera propio. Cada uno es libre de simpatizar por quien quiera. El fútbol tiene esas licencias. Pero cuesta no preguntarse cuánto conocemos de nuestra propia historia cuando algunos terminan identificándose con la bandera de un imperio que durante siglos conquistó estos territorios, saqueó sus riquezas, sometió a sus pueblos originarios y protagonizó uno de los genocidios más sangriento de nuestro continente. No se trata de trasladar las guerras de hace quinientos años a una cancha de fútbol. Se trata, simplemente, de recordar que la memoria también juega. Que América Latina todavía tiene heridas abiertas y que la identidad no debería construirse olvidando de dónde venimos.


También hubo una escena que resumió muchas de las contradicciones del mundo actual. Antes de la final, la FIFA volvió a desplegar su mensaje de "Love", de amor, inclusión y fraternidad universal. Un discurso impecable para las cámaras. Difícil no compartir esos valores. El problema aparece cuando el espectáculo termina y volvemos a mirar el mundo real. Mientras se multiplican los mensajes institucionales sobre la paz, continúan guerras que arrasan ciudades enteras, bombardeos que asesinan a miles de civiles y millones de niños que pagan con su vida decisiones tomadas por dirigentes muy lejos de los campos de batalla. La distancia entre los discursos y los hechos es tan enorme que termina convirtiendo muchas de esas consignas en simples recursos de marketing. El deporte puede ser un puente entre los pueblos, pero jamás debería utilizarse para maquillar las tragedias de nuestro tiempo.

Y sin embargo, en medio de todo ese contexto, los argentinos salimos a la calle. Algunos no lo entienden. Preguntan cómo puede festejarse un segundo puesto. La respuesta quizá no esté en el fútbol sino en nuestra manera de habitar la vida.

Los argentinos somos así. Festejamos las victorias y también las derrotas. Porque entendemos que la vida nunca viene en blanco y negro. Está hecha de luces y sombras, de alegrías mezcladas con tristezas, de conquistas y de cicatrices.

En tiempos de dolor social, de salarios que no alcanzan, de incertidumbre y de angustias cotidianas, muchas veces festejamos como una forma de resistencia. No porque ignoremos la realidad ni porque queramos anestesiarnos frente a los problemas. Todo lo contrario. Festejamos para recordarnos que todavía somos capaces de emocionarnos juntos.

Festejamos para no sentirnos definitivamente vencidos. Porque cuando un grupo representa con dignidad una camiseta, sentimos que todavía existen causas colectivas por las cuales vale la pena ilusionarse.

Festejamos el proceso y no solamente el resultado. Festejamos el esfuerzo silencioso de quienes entrenan durante años para defender un escudo. Festejamos a esos jugadores que dejan de lado el ego para correr por el compañero. Festejamos el abrazo después de cada gol, la solidaridad dentro de la cancha y la humildad fuera de ella.

Festejamos el camino transitado porque, aunque algunos no lo comprendan, eso también nos regaló algo invaluable: la posibilidad de volver a encontrarnos. De abrazarnos con desconocidos. De discutir de fútbol en una esquina. De cantar el himno con la piel erizada. De sentir, aunque sea por un rato, que existe un "nosotros" capaz de imponerse sobre tanto individualismo.

Festejamos porque necesitamos descansar, aunque sea unas horas, de la angustia cotidiana. Porque el fútbol, cuando representa valores nobles, también funciona como refugio. Como abrazo colectivo. Como esa pausa que nos permite recuperar fuerzas para seguir peleando las batallas de todos los días.

Y festejamos porque estos muchachos laten argentinidad al palo. Porque nunca dejaron de correr. Porque jamás bajaron los brazos. Porque defendieron nuestros colores con una entrega que emociona.

Y Messi... bueno, Messi ya no necesita ganar nada para entrar en la historia. Hace tiempo dejó de ser solamente el mejor futbolista de su generación. Hoy es un mito popular. Uno de esos nombres que sobreviven a las épocas porque representan algo mucho más grande que un deporte.

Quizá por eso hay algo profundamente hermoso en estas pequeñas derrotas que terminan pareciendo victorias. Porque nos recuerdan que la grandeza, a veces, está en la dignidad con la que se pelea hasta el último minuto. Y esa enseñanza vale para el fútbol, pero también para la vida.

Si alguna vez te preguntaste por qué un pueblo puede salir a celebrar después de perder una final, tal vez la respuesta sea esta: no estábamos festejando un segundo puesto. Estábamos celebrando la entrega, la identidad y la esperanza. Porque mientras existan equipos capaces de hacernos sentir parte de algo más grande que nosotros mismos, siempre habrá motivos para volver a creer.

Gracias…