lunes, 20 de julio de 2026

Del mundial 90 al 26

Argentina es garra, fútbol y corazón...

Los argentinos tenemos una manera muy particular de vivir el fútbol. Nos enseñaron que solo importa salir campeón, pero nuestra historia demuestra otra cosa. Nosotros también sabemos abrazar las derrotas cuando detrás hay entrega, compromiso y un grupo dispuesto a dejar hasta la última gota de sudor por una camiseta. Eso fue lo que hizo este equipo. Con jugadores tocados, otros lesionados y varios llegando al límite físico, salió a jugar una final sin esconderse, con el corazón en la mano y el orgullo intacto. Eso, para cualquier hincha argentino, vale mucho más que un discurso vacío sobre el éxito.

Por eso es imposible no mirar hacia atrás y recordar Italia 90. Aquella Selección de Bilardo llegó a la final caminando sobre las cenizas. Diego Maradona jugaba con un tobillo destruido. Caniggia estaba suspendido. Varios futbolistas arrastraban lesiones y el equipo avanzaba a fuerza de coraje, sacrificio y una convicción que parecía desafiar toda lógica. Nadie apostaba un peso por ellos y, sin embargo, estuvieron a un paso de levantar la Copa del Mundo.

Treinta y seis años después, la historia parece hacer un guiño. Otra vez una Selección golpeada físicamente. Otra vez un grupo que tuvo que reinventarse partido tras partido. Otra vez un capitán que cargó sobre sus hombros mucho más que una cinta. Si en 1990 fue Diego, hoy ese lugar le pertenece a Lionel Messi. Distintos en sus formas, inmensos en su legado. Dos generaciones separadas por décadas, pero unidas por la misma responsabilidad: ser el rostro de un pueblo que deposita en ellos mucho más que expectativas deportivas.

Como en 1990, la final terminó con una derrota frente a una potencia europea. Duele, claro que duele. Siempre va a doler perder una final. Pero reducir esta historia a noventa minutos sería profundamente injusto. Porque hubo un recorrido lleno de obstáculos, de partidos épicos, de jugadores que siguieron cuando el cuerpo ya no respondía. Hubo un equipo que jamás negoció la actitud. Y eso también los argentinos lo celebramos.

En estos días aparecieron imágenes que dejaron mucho para pensar. Resultó llamativo ver a personas de distintos países latinoamericanos celebrando el triunfo español como si fuera propio. Cada uno es libre de simpatizar por quien quiera. El fútbol tiene esas licencias. Pero cuesta no preguntarse cuánto conocemos de nuestra propia historia cuando algunos terminan identificándose con la bandera de un imperio que durante siglos conquistó estos territorios, saqueó sus riquezas, sometió a sus pueblos originarios y protagonizó uno de los genocidios más sangriento de nuestro continente. No se trata de trasladar las guerras de hace quinientos años a una cancha de fútbol. Se trata, simplemente, de recordar que la memoria también juega. Que América Latina todavía tiene heridas abiertas y que la identidad no debería construirse olvidando de dónde venimos.


También hubo una escena que resumió muchas de las contradicciones del mundo actual. Antes de la final, la FIFA volvió a desplegar su mensaje de "Love", de amor, inclusión y fraternidad universal. Un discurso impecable para las cámaras. Difícil no compartir esos valores. El problema aparece cuando el espectáculo termina y volvemos a mirar el mundo real. Mientras se multiplican los mensajes institucionales sobre la paz, continúan guerras que arrasan ciudades enteras, bombardeos que asesinan a miles de civiles y millones de niños que pagan con su vida decisiones tomadas por dirigentes muy lejos de los campos de batalla. La distancia entre los discursos y los hechos es tan enorme que termina convirtiendo muchas de esas consignas en simples recursos de marketing. El deporte puede ser un puente entre los pueblos, pero jamás debería utilizarse para maquillar las tragedias de nuestro tiempo.

Y sin embargo, en medio de todo ese contexto, los argentinos salimos a la calle. Algunos no lo entienden. Preguntan cómo puede festejarse un segundo puesto. La respuesta quizá no esté en el fútbol sino en nuestra manera de habitar la vida.

Los argentinos somos así. Festejamos las victorias y también las derrotas. Porque entendemos que la vida nunca viene en blanco y negro. Está hecha de luces y sombras, de alegrías mezcladas con tristezas, de conquistas y de cicatrices.

En tiempos de dolor social, de salarios que no alcanzan, de incertidumbre y de angustias cotidianas, muchas veces festejamos como una forma de resistencia. No porque ignoremos la realidad ni porque queramos anestesiarnos frente a los problemas. Todo lo contrario. Festejamos para recordarnos que todavía somos capaces de emocionarnos juntos.

Festejamos para no sentirnos definitivamente vencidos. Porque cuando un grupo representa con dignidad una camiseta, sentimos que todavía existen causas colectivas por las cuales vale la pena ilusionarse.

Festejamos el proceso y no solamente el resultado. Festejamos el esfuerzo silencioso de quienes entrenan durante años para defender un escudo. Festejamos a esos jugadores que dejan de lado el ego para correr por el compañero. Festejamos el abrazo después de cada gol, la solidaridad dentro de la cancha y la humildad fuera de ella.

Festejamos el camino transitado porque, aunque algunos no lo comprendan, eso también nos regaló algo invaluable: la posibilidad de volver a encontrarnos. De abrazarnos con desconocidos. De discutir de fútbol en una esquina. De cantar el himno con la piel erizada. De sentir, aunque sea por un rato, que existe un "nosotros" capaz de imponerse sobre tanto individualismo.

Festejamos porque necesitamos descansar, aunque sea unas horas, de la angustia cotidiana. Porque el fútbol, cuando representa valores nobles, también funciona como refugio. Como abrazo colectivo. Como esa pausa que nos permite recuperar fuerzas para seguir peleando las batallas de todos los días.

Y festejamos porque estos muchachos laten argentinidad al palo. Porque nunca dejaron de correr. Porque jamás bajaron los brazos. Porque defendieron nuestros colores con una entrega que emociona.

Y Messi... bueno, Messi ya no necesita ganar nada para entrar en la historia. Hace tiempo dejó de ser solamente el mejor futbolista de su generación. Hoy es un mito popular. Uno de esos nombres que sobreviven a las épocas porque representan algo mucho más grande que un deporte.

Quizá por eso hay algo profundamente hermoso en estas pequeñas derrotas que terminan pareciendo victorias. Porque nos recuerdan que la grandeza, a veces, está en la dignidad con la que se pelea hasta el último minuto. Y esa enseñanza vale para el fútbol, pero también para la vida.

Si alguna vez te preguntaste por qué un pueblo puede salir a celebrar después de perder una final, tal vez la respuesta sea esta: no estábamos festejando un segundo puesto. Estábamos celebrando la entrega, la identidad y la esperanza. Porque mientras existan equipos capaces de hacernos sentir parte de algo más grande que nosotros mismos, siempre habrá motivos para volver a creer.

Gracias…