lunes, 22 de junio de 2026

El gol a los ingleses llegó a la Islas Malvinas

 “Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial, y deja al tercero y va a tocar para Burruchaga… ¡Siempre Maradona! ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio!… ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta… y Goooooool… Gooooool… ¡Quiero llorar! ¡Dios santo! ¡Viva el fútbol! ¡Golazo! ¡Diego Maradona! Es para llorar, perdónenme… Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos… barrilete cósmico… ¿de qué planeta viniste? Para dejar en el camino tanto inglés, para que el país sea un puño apretado, gritando por Argentina… Argentina 2 – Inglaterra 0… Diegol, Diegol, Diego Armando Maradona… Gracias Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este… Argentina 2 – Inglaterra 0…”

Víctor Hugo Morales, 22 de junio de 1986 en el Estadio Azteca de México

Cuando el avión comenzó a descender sobre las Islas Malvinas, sentí que llevaba mucho más que una mochila. En ella viajaban mis kilómetros en bicicleta, los caminos de América Latina, las tardes infinitas mirando el Mundial del '86 y una camiseta celeste y blanca con un nombre que para nosotros nunca fue solamente un jugador: Maradona.

Era un viaje hacia una herida.

Al sentir el viento, que golpeaba las costas de Puerto Argentino, comprendí que esas ráfagas no eran distintas de las que tantas veces había sentido pedaleando la Ruta 40, cruzando la Cordillera hacia Chile o bordeando el Río de la Plata rumbo a Uruguay. El mismo viento parecía repetir una pregunta que Argentina todavía intenta responder.

Al llegar al Cementerio de Darwin. Me pregunté: ¿Cómo se vuelve de una guerra? Las cruces blancas, los crucifijos flotando por el viento y las casacas de Argentina, como abrigando las cruces. Allí descansan soldados que tenían casi la misma edad que Diego cuando levantó la Copa del Mundo en el Estadio Azteca.

Pensé que algunos de ellos probablemente habían escuchado por radio aquellos partidos del Mundial Juvenil del '79. Quizás soñaban, como millones de argentinos, con ver al diez conquistar el mundo en el Mundial de España 82.

Pero antes llegó la guerra. Y después el silencio.

Mientras avanzaba entre las tumbas, puse en mi teléfono el relato de Víctor Hugo Morales: "Barrilete cósmico... ¿de qué planeta viniste?" Aquella frase nunca fue solamente un relato deportivo sino un desahogo colectivo.

Porque cuatro años después de Malvinas, Diego enfrentó a Inglaterra en el escenario más grande del planeta: El primer gol quedó para siempre envuelto en la picardía argentina. El segundo pertenece a la historia de la humanidad. Fue una obra de arte.

Mientras Diego dejaba ingleses en el camino, millones de argentinos corríamos con él intentando recuperar algo imposible de recuperar.

La dignidad.

Por eso, parado frente al Atlántico Sur, supe que aquellos goles jamás hablaron de revancha, sino que hablaron de memoria.

Ni en la literatura, las guerras nunca se ganan con una pelota, pero los pueblos también necesitan símbolos para seguir caminando. Y Diego nos regaló uno.

Saqué lentamente la camiseta azul número diez de la mochila. La extendí frente a una cruz que rezaba “Soldado argentino solo conocido por Dios”, como quien deja una flor.

Pensé en todos los viajes que había realizado con esa camiseta recorriendo América Latina. México, donde el Azteca todavía respira cada gambeta. Perú y Bolivia, donde cualquier cancha de tierra conserva algo del potrero. Colombia y Ecuador, donde los niños siguen jugando descalzos. Cuba, donde Diego encontró refugio. Cada país guardaba una historia distinta pero en todos aparecía el mismo nombre: Maradona.

El Diego nunca fue solamente argentino. Fue latinoamericano. Popular. Imperfecto. Humano.

Quizás por eso su figura también pertenece a quienes siempre pelean desde abajo.

A los trabajadores.

A los olvidados.

A los excombatientes.

Antes de regresar miré una última vez el horizonte. Pensé que la soberanía también se construye recordando. Viajando. Contando historias. Porque los mapas pueden dibujarse con tinta y la identidad siempre termina escribiéndose con la memoria.

Y mientras el viento seguía soplando, tuve la certeza de que el segundo gol a los ingleses todavía seguía viajando. No quedó detenido en el Estadio Azteca. También cruzó el Atlántico y llegó hasta estas islas.

Y continúa rodando, como una pelota imposible de detener, en el corazón de quienes entendemos que el fútbol, cuando nace del pueblo, también puede convertirse en una forma de recordar, de resistir y de mantener viva la historia.

lunes, 8 de junio de 2026

La Gran Bestia Pop

 "Cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón". (Juguetes perdidos).

A pocos días de la muerte del Indio Solari, las radios repiten canciones que ya forman parte de la memoria colectiva. Las redes sociales se llenan de fotografías gastadas, entradas de recitales amarillentas, tatuajes, abrazos en recitales. Y por mis adentros, descubro que no estoy llorando a un músico, sino que estoy despidiendo a un familiar.

A alguien que estuvo presente durante más de treinta años de mi vida sin haber compartido jamás una mesa conmigo. Entiendo, entonces, que hay artistas que se escuchan y hay otros que se habitan (y nos habitan).

Mi historia con Los Redonditos de Ricota empezó cuando tenía doce años.

Recuerdo un viaje familiar por la Mesopotamia argentina y alguna ruta que ya no sabría nombrar. Mi viejo manejaba. Afuera desfilaban estaciones de servicio, pueblos diminutos y campos interminables. Adentro del auto giraban los casetes de “Un baión para el ojo idiota y Bang! Bang! Estás liquidado”.

No entendía demasiado, pero algo de aquella música me atrapaba. Había un misterio. Un idioma propio.Una manera distinta de mirar el mundo.

Mientras otros cantaban sobre amores perfectos, ellos parecían hablar de los derrotados, de los que caminaban por la cornisa, de los que estaban solos en medio de la multitud. Y yo, sin saberlo, empecé a viajar con ellos.

A los trece años llegaron las noches de verano junto a mi abuela. Todavía puedo verla sentada en el patio. El calor suspendido sobre las plantas. Los grillos y los sapos, en el jardín. El minicomponente SONY y los CD. Y las canciones de Gulp sonando mientras la noche caía lentamente sobre el barrio.

Mucho tiempo después, el cáncer se la llevó hacia otros planos, pero cuando escucho "La Bestia Pop" o "Ñam Fri Frufi Fali Fru", no escucho solamente los acordes de Skay. Escucho a mi abuela respirando despacio bajo las estrellas. Escucho una parte de mi infancia que sigue viva.

En mi habitación, también había un rincón ricotero. Los pósters cubrían las paredes que compartían espacio con otras bandas, otros sueños y otras rebeldías adolescentes. Sin dudas, era mi refugio, mi pequeña república independiente. Un territorio donde las canciones del Indio explicaban mejor el mundo que muchos libros escolares.

Y en este relato cronológico, todavía recuerdo el regalo de mi tía Viviana cuando cumplí catorce años. El CD doble de Lobo Suelto, Cordero Atado. Recuerdo abrirlos como quien recibe una reliquia. Íbamos caminando por la calle dos de Santa Teresita, luego de salir de “Marykar”, por aquel entonces, la única disquería de mi pueblo.

Pasé horas mirando el arte de tapa, leyendo las letras, intentando descifrar mensajes que parecían escritos para una generación entera: algunas canciones eran acertijos, otras eran puñetazos. Todas dejaban marcas.

Nunca usé Topper blancas. Nunca llevé pañuelito al cuello. Tampoco tuve flequillo. Nunca encajé demasiado en la estética ricotera que los medios intentaban caricaturizar.

¿Fui ricotero? Para mí, ser ricotero nunca tuvo que ver con la ropa. Tenía que ver con sentirse parte de una tribu y con reconocer una sensibilidad. Con comprender que detrás de aquellas metáforas habitaban los mismos dolores que recorrían las calles latinoamericanas.

Por esto, el Indio me interesó como símbolo porque mientras muchos artistas buscaban agradar al poder, él eligió hablarles a los que siempre quedaban afuera:.

A los olvidados.

A los descartados.

A los desposeídos.

A los que atravesaban la vida desde los márgenes.

A los detenidos que escuchaban sus discos en los pabellones.

A los pibes sin oportunidades.

A los trabajadores golpeados por las crisis.

A los que encontraban en una canción una manera de resistir.

Por eso la misa ricotera fue una ceremonia popular. Una multitud buscando reconocerse. Una patria provisoria hecha de bombos, humo, cerveza y poesía.

Quizás por eso algunas frases siguen acompañándome cuando viajo. "El futuro llegó hace rato..." Y aparece en alguna terminal perdida de Bolivia. En una bicicleta avanzando por la Ruta 40. En un atardecer frente al Pacífico. En una frontera cualquiera de Sudamérica.

Porque las canciones de Los Redondos siempre fueron compañeras de camino: "¿Qué puede darme un pobre corazón?" Y la pregunta sigue viajando conmigo. Entre mochilas. Entre rutas. Entre despedidas.

Ahora que se fue, muchos hablarán de récords, de discos, de recitales históricos. Yo prefiero recordar a ese hombre que logró construir una de las expresiones más genuinas de la cultura popular argentina.

Un artista que nunca pidió permiso. Que jamás se volvió domesticable y que nos enseñó que la poesía también podía encontrarse en un pabellón, en una villa, en una fábrica cerrada o en una esquina cualquiera del conurbano.

Por eso no siento que se fue un familiar. Uno de esos familiares extraños que ayudan a crecer sin saberlo. Que acompañan cada etapa de la vida. Que aparecen en los recuerdos más felices y también en las noches más difíciles.

Y mientras alguna canción vuelve a sonar desde una radio lejana, entiendo que tal vez el Indio nunca perteneció completamente a este mundo sino a ese territorio invisible donde viven las canciones que ya son parte de nuestra propia historia.

martes, 2 de junio de 2026

El viaje maradoneano.

Maradona fue "el más humano de los dioses" Eduardo Galeano

A pocos días de que empiece otro Mundial, vuelvo a hacer lo mismo de siempre: buscar a Diego.

No lo busco en los archivos de televisión ni en los resúmenes deportivos de las redes sociales. Lo busco en los caminos. En los mapas doblados por la humedad. En los sellos del pasaporte. En el polvo de las rutas. Lo busco donde siempre estuvo: viajando conmigo.

Desde que tengo memoria, la camiseta de Diego Armando Maradona fue una bandera. Una declaración de principios. Una manera de caminar el mundo diciendo quién era y de dónde venía.

La llevé por los cerros de Machu Picchu, donde las piedras parecían guardar memorias más antiguas que cualquier imperio. La llevé por los caminos de Cuba, donde Diego dejó parte de su cuerpo para intentar salvar su alma. La llevé por las calles calientes de Venezuela, por los barrios de Colombia, por los mercados de Ecuador, por los desiertos de Perú y por la altura imposible de Bolivia.

También la llevé pedaleando. En las costas de Uruguay, donde el Río de la Plata parece una conversación infinita entre pueblos hermanos. En las montañas de Chile, donde el viento del pacífico golpea la cara como una verdad. En las rutas de Córdoba y en los kilómetros interminables de la Ruta 40, donde uno aprende que el NOA no se recorre sin escuchar el perturbable silencio.

Y en todos esos lugares pasó algo parecido.

Alguien miraba la camiseta.

Sonreía.

Y decía una sola palabra.

—Diego.

No importaba el idioma. No importaba la frontera.

Diego era una contraseña universal.

Como si aquel pibe de Villa Fiorito hubiera logrado algo que ni los presidentes ni los diplomáticos consiguieron jamás: que un argentino pudiera sentirse en casa en cualquier rincón del continente.

Pero si hay un lugar donde siempre termino encontrándolo es en México. Más precisamente en el Estadio Azteca. Aquel gigante inaugurado en 1966, el único estadio del mundo que albergó dos finales mundialistas y que volverá a ser protagonista en la Copa del Mundo de 2026.

Yo llegué allí muchos años después, en 2008. Bajé en la estación del tren ligero que lleva su nombre: Estadio Azteca. Recuerdo caminar despacio. Como quien se acerca a una catedral. Porque para los creyentes del fútbol ese lugar no es un aglomerado de cemento. Es mito. Es memoria. Es una página sagrada de la historia latinoamericana.

Allí Diego le hizo dos goles a Inglaterra. Uno con la mano de dios. Otro con los pies de los dioses. Y finalmente, levantó la Copa del Mundo después de derrotar a Alemania en aquella final inolvidable de 1986.

Cuando entré al estadio vacío imaginé los ecos. Ochenta mil gargantas gritando. El relato de Víctor Hugo, suspendido en el aire. La pelota pegada al botín izquierdo. Los ingleses persiguiendo a un enano. Y Diego corriendo. Siempre corriendo. No escapando. Avanzando. Como avanzan los pueblos cuando se niegan a rendirse.

A veces pienso que por eso seguimos hablando de él. No siempre por los goles y ni siquiera por los títulos sino porque nos enseñó una forma de pelear. La de los que vienen de abajo. La de los que no tienen permiso. La de los que saben que el mundo suele estar organizado para que ganen otros.

Así fue que cada viaje con su camiseta fue una conversación silenciosa con esa idea. En una plaza de La Habana. En una carretera peruana. En una montaña boliviana. En una playa venezolana. En una ruta argentina.

Siempre aparecía alguien para recordar una jugada, una sonrisa, una anécdota. Y entonces, Diego ya no pertenecía al fútbol sino a la geografía sentimental de América Latina.

Ahora se acerca otro Mundial. Las pantallas volverán a llenarse de estadísticas, pronósticos y figuras nuevas, pero todos sabemos que, en algún momento, volverán a nombrarlo. Porque en todas las competencias, hay futbolistas que brillan, pero uno sólo se transformó en paisaje.

Por eso, cada vez que cargo una mochila, ajusto una bicicleta o cruzo una frontera con la diez en la espalda, siento que no viajo solo. Viajan conmigo los caminos recorridos. Viajan mis sueños de pibe. Y viaja el Diego.

Ese capitán invisible que sigue gambeteando el tiempo, como aquella tarde eterna en el Azteca, donde convirtió una cancha de fútbol en una leyenda que todavía ilumina los caminos de quienes seguimos creyendo que viajar también es una forma de agradecer.

Gonzalo Niggli