Maradona fue "el más humano de los dioses" Eduardo Galeano
A
pocos días de que empiece otro Mundial, vuelvo a hacer lo mismo de siempre:
buscar a Diego.
No
lo busco en los archivos de televisión ni en los resúmenes deportivos de las
redes sociales. Lo busco en los caminos. En los mapas doblados por la humedad.
En los sellos del pasaporte. En el polvo de las rutas. Lo busco donde siempre
estuvo: viajando conmigo.
Desde
que tengo memoria, la camiseta de Diego Armando Maradona fue una bandera. Una
declaración de principios. Una manera de caminar el mundo diciendo quién era y
de dónde venía.
La
llevé por los cerros de Machu Picchu, donde las piedras parecían guardar
memorias más antiguas que cualquier imperio. La llevé por los caminos de Cuba,
donde Diego dejó parte de su cuerpo para intentar salvar su alma. La llevé por
las calles calientes de Venezuela, por los barrios de Colombia, por los
mercados de Ecuador, por los desiertos de Perú y por la altura imposible de
Bolivia.
Y en
todos esos lugares pasó algo parecido.
Alguien
miraba la camiseta.
Sonreía.
Y
decía una sola palabra.
—Diego.
No
importaba el idioma. No importaba la frontera.
Diego
era una contraseña universal.
Como
si aquel pibe de Villa Fiorito hubiera logrado algo que ni los presidentes ni
los diplomáticos consiguieron jamás: que un argentino pudiera sentirse en casa
en cualquier rincón del continente.
Pero
si hay un lugar donde siempre termino encontrándolo es en México. Más
precisamente en el Estadio Azteca. Aquel gigante inaugurado en 1966, el único
estadio del mundo que albergó dos finales mundialistas y que volverá a ser
protagonista en la Copa del Mundo de 2026.
Yo
llegué allí muchos años después, en 2008. Bajé en la estación del tren ligero
que lleva su nombre: Estadio Azteca. Recuerdo caminar despacio. Como quien se
acerca a una catedral. Porque para los creyentes del fútbol ese lugar no es un
aglomerado de cemento. Es mito. Es memoria. Es una página sagrada de la
historia latinoamericana.
Allí
Diego le hizo dos goles a Inglaterra. Uno con la mano de dios. Otro con los
pies de los dioses. Y finalmente, levantó la Copa del Mundo después de derrotar
a Alemania en aquella final inolvidable de 1986.
Cuando
entré al estadio vacío imaginé los ecos. Ochenta mil gargantas gritando. El
relato de Víctor Hugo, suspendido en el aire. La pelota pegada al botín
izquierdo. Los ingleses persiguiendo a un enano. Y Diego corriendo. Siempre
corriendo. No escapando. Avanzando. Como avanzan los pueblos cuando se niegan a
rendirse.
A
veces pienso que por eso seguimos hablando de él. No siempre por los goles y ni
siquiera por los títulos sino porque nos enseñó una forma de pelear. La de los
que vienen de abajo. La de los que no tienen permiso. La de los que saben que
el mundo suele estar organizado para que ganen otros.
Así
fue que cada viaje con su camiseta fue una conversación silenciosa con esa
idea. En una plaza de La Habana. En una carretera peruana. En una montaña
boliviana. En una playa venezolana. En una ruta argentina.
Siempre
aparecía alguien para recordar una jugada, una sonrisa, una anécdota. Y
entonces, Diego ya no pertenecía al fútbol sino a la geografía sentimental de
América Latina.
Ahora
se acerca otro Mundial. Las pantallas volverán a llenarse de estadísticas,
pronósticos y figuras nuevas, pero todos sabemos que, en algún momento, volverán
a nombrarlo. Porque en todas las competencias, hay futbolistas que brillan, pero
uno sólo se transformó en paisaje.
Por
eso, cada vez que cargo una mochila, ajusto una bicicleta o cruzo una frontera
con la diez en la espalda, siento que no viajo solo. Viajan conmigo los caminos
recorridos. Viajan mis sueños de pibe. Y viaja el Diego.
Ese
capitán invisible que sigue gambeteando el tiempo, como aquella tarde eterna en
el Azteca, donde convirtió una cancha de fútbol en una leyenda que todavía
ilumina los caminos de quienes seguimos creyendo que viajar también es una
forma de agradecer.
Gonzalo Niggli
