“Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial, y deja al tercero y va a tocar para Burruchaga… ¡Siempre Maradona! ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio!… ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta… y Goooooool… Gooooool… ¡Quiero llorar! ¡Dios santo! ¡Viva el fútbol! ¡Golazo! ¡Diego Maradona! Es para llorar, perdónenme… Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos… barrilete cósmico… ¿de qué planeta viniste? Para dejar en el camino tanto inglés, para que el país sea un puño apretado, gritando por Argentina… Argentina 2 – Inglaterra 0… Diegol, Diegol, Diego Armando Maradona… Gracias Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este… Argentina 2 – Inglaterra 0…”
Víctor Hugo Morales, 22
de junio de 1986 en el Estadio Azteca de México
Cuando el avión comenzó a descender sobre las
Islas Malvinas, sentí que llevaba mucho más que una mochila. En ella viajaban
mis kilómetros en bicicleta, los caminos de América Latina, las tardes
infinitas mirando el Mundial del '86 y una camiseta celeste y blanca con un
nombre que para nosotros nunca fue solamente un jugador: Maradona.
Era un viaje hacia una herida.
Al sentir el viento, que golpeaba las costas
de Puerto Argentino, comprendí que esas ráfagas no eran distintas de las que
tantas veces había sentido pedaleando la Ruta 40, cruzando la Cordillera hacia
Chile o bordeando el Río de la Plata rumbo a Uruguay. El mismo viento parecía
repetir una pregunta que Argentina todavía intenta responder.
Al llegar al Cementerio de Darwin. Me pregunté:
¿Cómo se vuelve de una guerra? Las cruces blancas, los crucifijos flotando por
el viento y las casacas de Argentina, como abrigando las cruces. Allí descansan
soldados que tenían casi la misma edad que Diego cuando levantó la Copa del
Mundo en el Estadio Azteca.
Pensé que algunos de ellos probablemente
habían escuchado por radio aquellos partidos del Mundial Juvenil del '79.
Quizás soñaban, como millones de argentinos, con ver al diez conquistar el
mundo en el Mundial de España 82.
Pero antes llegó la guerra. Y después el
silencio.
Mientras avanzaba entre las tumbas, puse en mi
teléfono el relato de Víctor Hugo Morales: "Barrilete cósmico... ¿de
qué planeta viniste?" Aquella frase nunca fue solamente un relato
deportivo sino un desahogo colectivo.
Porque cuatro años después de Malvinas, Diego
enfrentó a Inglaterra en el escenario más grande del planeta: El primer gol
quedó para siempre envuelto en la picardía argentina. El segundo pertenece a la
historia de la humanidad. Fue una obra de arte.
Mientras Diego dejaba ingleses en el camino,
millones de argentinos corríamos con él intentando recuperar algo imposible de
recuperar.
La dignidad.
Por eso, parado frente al Atlántico Sur, supe
que aquellos goles jamás hablaron de revancha, sino que hablaron de memoria.
Ni en la literatura, las guerras nunca se
ganan con una pelota, pero los pueblos también necesitan símbolos para seguir
caminando. Y Diego nos regaló uno.
Saqué lentamente la camiseta azul número diez
de la mochila. La extendí frente a una cruz que rezaba “Soldado argentino solo
conocido por Dios”, como quien deja una flor.
Pensé en todos los viajes que había realizado
con esa camiseta recorriendo América Latina. México, donde el Azteca todavía
respira cada gambeta. Perú y Bolivia, donde cualquier cancha de tierra conserva
algo del potrero. Colombia y Ecuador, donde los niños siguen jugando descalzos.
Cuba, donde Diego encontró refugio. Cada país guardaba una historia distinta pero
en todos aparecía el mismo nombre: Maradona.
El Diego nunca fue solamente argentino. Fue
latinoamericano. Popular. Imperfecto. Humano.
Quizás por eso su figura también pertenece a
quienes siempre pelean desde abajo.
A los trabajadores.
A los olvidados.
A los excombatientes.
Antes de regresar miré una última vez el
horizonte. Pensé que la soberanía también se construye recordando. Viajando. Contando
historias. Porque los mapas pueden dibujarse con tinta y la identidad siempre
termina escribiéndose con la memoria.
Y mientras el viento seguía soplando, tuve la
certeza de que el segundo gol a los ingleses todavía seguía viajando. No quedó
detenido en el Estadio Azteca. También cruzó el Atlántico y llegó hasta estas
islas.
Y continúa rodando, como una pelota imposible
de detener, en el corazón de quienes entendemos que el fútbol, cuando nace del
pueblo, también puede convertirse en una forma de recordar, de resistir y de
mantener viva la historia.
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