lunes, 8 de junio de 2026

La Gran Bestia Pop

 "Cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón". (Juguetes perdidos).

A pocos días de la muerte del Indio Solari, las radios repiten canciones que ya forman parte de la memoria colectiva. Las redes sociales se llenan de fotografías gastadas, entradas de recitales amarillentas, tatuajes, abrazos en recitales. Y por mis adentros, descubro que no estoy llorando a un músico, sino que estoy despidiendo a un familiar.

A alguien que estuvo presente durante más de treinta años de mi vida sin haber compartido jamás una mesa conmigo. Entiendo, entonces, que hay artistas que se escuchan y hay otros que se habitan (y nos habitan).

Mi historia con Los Redonditos de Ricota empezó cuando tenía doce años.

Recuerdo un viaje familiar por la Mesopotamia argentina y alguna ruta que ya no sabría nombrar. Mi viejo manejaba. Afuera desfilaban estaciones de servicio, pueblos diminutos y campos interminables. Adentro del auto giraban los casetes de “Un baión para el ojo idiota y Bang! Bang! Estás liquidado”.

No entendía demasiado, pero algo de aquella música me atrapaba. Había un misterio. Un idioma propio.Una manera distinta de mirar el mundo.

Mientras otros cantaban sobre amores perfectos, ellos parecían hablar de los derrotados, de los que caminaban por la cornisa, de los que estaban solos en medio de la multitud. Y yo, sin saberlo, empecé a viajar con ellos.

A los trece años llegaron las noches de verano junto a mi abuela. Todavía puedo verla sentada en el patio. El calor suspendido sobre las plantas. Los grillos y los sapos, en el jardín. El minicomponente SONY y los CD. Y las canciones de Gulp sonando mientras la noche caía lentamente sobre el barrio.

Mucho tiempo después, el cáncer se la llevó hacia otros planos, pero cuando escucho "La Bestia Pop" o "Ñam Fri Frufi Fali Fru", no escucho solamente los acordes de Skay. Escucho a mi abuela respirando despacio bajo las estrellas. Escucho una parte de mi infancia que sigue viva.

En mi habitación, también había un rincón ricotero. Los pósters cubrían las paredes que compartían espacio con otras bandas, otros sueños y otras rebeldías adolescentes. Sin dudas, era mi refugio, mi pequeña república independiente. Un territorio donde las canciones del Indio explicaban mejor el mundo que muchos libros escolares.

Y en este relato cronológico, todavía recuerdo el regalo de mi tía Viviana cuando cumplí catorce años. El CD doble de Lobo Suelto, Cordero Atado. Recuerdo abrirlos como quien recibe una reliquia. Íbamos caminando por la calle dos de Santa Teresita, luego de salir de “Marykar”, por aquel entonces, la única disquería de mi pueblo.

Pasé horas mirando el arte de tapa, leyendo las letras, intentando descifrar mensajes que parecían escritos para una generación entera: algunas canciones eran acertijos, otras eran puñetazos. Todas dejaban marcas.

Nunca usé Topper blancas. Nunca llevé pañuelito al cuello. Tampoco tuve flequillo. Nunca encajé demasiado en la estética ricotera que los medios intentaban caricaturizar.

¿Fui ricotero? Para mí, ser ricotero nunca tuvo que ver con la ropa. Tenía que ver con sentirse parte de una tribu y con reconocer una sensibilidad. Con comprender que detrás de aquellas metáforas habitaban los mismos dolores que recorrían las calles latinoamericanas.

Por esto, el Indio me interesó como símbolo porque mientras muchos artistas buscaban agradar al poder, él eligió hablarles a los que siempre quedaban afuera:.

A los olvidados.

A los descartados.

A los desposeídos.

A los que atravesaban la vida desde los márgenes.

A los detenidos que escuchaban sus discos en los pabellones.

A los pibes sin oportunidades.

A los trabajadores golpeados por las crisis.

A los que encontraban en una canción una manera de resistir.

Por eso la misa ricotera fue una ceremonia popular. Una multitud buscando reconocerse. Una patria provisoria hecha de bombos, humo, cerveza y poesía.

Quizás por eso algunas frases siguen acompañándome cuando viajo. "El futuro llegó hace rato..." Y aparece en alguna terminal perdida de Bolivia. En una bicicleta avanzando por la Ruta 40. En un atardecer frente al Pacífico. En una frontera cualquiera de Sudamérica.

Porque las canciones de Los Redondos siempre fueron compañeras de camino: "¿Qué puede darme un pobre corazón?" Y la pregunta sigue viajando conmigo. Entre mochilas. Entre rutas. Entre despedidas.

Ahora que se fue, muchos hablarán de récords, de discos, de recitales históricos. Yo prefiero recordar a ese hombre que logró construir una de las expresiones más genuinas de la cultura popular argentina.

Un artista que nunca pidió permiso. Que jamás se volvió domesticable y que nos enseñó que la poesía también podía encontrarse en un pabellón, en una villa, en una fábrica cerrada o en una esquina cualquiera del conurbano.

Por eso no siento que se fue un familiar. Uno de esos familiares extraños que ayudan a crecer sin saberlo. Que acompañan cada etapa de la vida. Que aparecen en los recuerdos más felices y también en las noches más difíciles.

Y mientras alguna canción vuelve a sonar desde una radio lejana, entiendo que tal vez el Indio nunca perteneció completamente a este mundo sino a ese territorio invisible donde viven las canciones que ya son parte de nuestra propia historia.

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