martes, 2 de junio de 2026

El viaje maradoneano.

Maradona fue "el más humano de los dioses" Eduardo Galeano

A pocos días de que empiece otro Mundial, vuelvo a hacer lo mismo de siempre: buscar a Diego.

No lo busco en los archivos de televisión ni en los resúmenes deportivos de las redes sociales. Lo busco en los caminos. En los mapas doblados por la humedad. En los sellos del pasaporte. En el polvo de las rutas. Lo busco donde siempre estuvo: viajando conmigo.

Desde que tengo memoria, la camiseta de Diego Armando Maradona fue una bandera. Una declaración de principios. Una manera de caminar el mundo diciendo quién era y de dónde venía.

La llevé por los cerros de Machu Picchu, donde las piedras parecían guardar memorias más antiguas que cualquier imperio. La llevé por los caminos de Cuba, donde Diego dejó parte de su cuerpo para intentar salvar su alma. La llevé por las calles calientes de Venezuela, por los barrios de Colombia, por los mercados de Ecuador, por los desiertos de Perú y por la altura imposible de Bolivia.

También la llevé pedaleando. En las costas de Uruguay, donde el Río de la Plata parece una conversación infinita entre pueblos hermanos. En las montañas de Chile, donde el viento del pacífico golpea la cara como una verdad. En las rutas de Córdoba y en los kilómetros interminables de la Ruta 40, donde uno aprende que el NOA no se recorre sin escuchar el perturbable silencio.

Y en todos esos lugares pasó algo parecido.

Alguien miraba la camiseta.

Sonreía.

Y decía una sola palabra.

—Diego.

No importaba el idioma. No importaba la frontera.

Diego era una contraseña universal.

Como si aquel pibe de Villa Fiorito hubiera logrado algo que ni los presidentes ni los diplomáticos consiguieron jamás: que un argentino pudiera sentirse en casa en cualquier rincón del continente.

Pero si hay un lugar donde siempre termino encontrándolo es en México. Más precisamente en el Estadio Azteca. Aquel gigante inaugurado en 1966, el único estadio del mundo que albergó dos finales mundialistas y que volverá a ser protagonista en la Copa del Mundo de 2026.

Yo llegué allí muchos años después, en 2008. Bajé en la estación del tren ligero que lleva su nombre: Estadio Azteca. Recuerdo caminar despacio. Como quien se acerca a una catedral. Porque para los creyentes del fútbol ese lugar no es un aglomerado de cemento. Es mito. Es memoria. Es una página sagrada de la historia latinoamericana.

Allí Diego le hizo dos goles a Inglaterra. Uno con la mano de dios. Otro con los pies de los dioses. Y finalmente, levantó la Copa del Mundo después de derrotar a Alemania en aquella final inolvidable de 1986.

Cuando entré al estadio vacío imaginé los ecos. Ochenta mil gargantas gritando. El relato de Víctor Hugo, suspendido en el aire. La pelota pegada al botín izquierdo. Los ingleses persiguiendo a un enano. Y Diego corriendo. Siempre corriendo. No escapando. Avanzando. Como avanzan los pueblos cuando se niegan a rendirse.

A veces pienso que por eso seguimos hablando de él. No siempre por los goles y ni siquiera por los títulos sino porque nos enseñó una forma de pelear. La de los que vienen de abajo. La de los que no tienen permiso. La de los que saben que el mundo suele estar organizado para que ganen otros.

Así fue que cada viaje con su camiseta fue una conversación silenciosa con esa idea. En una plaza de La Habana. En una carretera peruana. En una montaña boliviana. En una playa venezolana. En una ruta argentina.

Siempre aparecía alguien para recordar una jugada, una sonrisa, una anécdota. Y entonces, Diego ya no pertenecía al fútbol sino a la geografía sentimental de América Latina.

Ahora se acerca otro Mundial. Las pantallas volverán a llenarse de estadísticas, pronósticos y figuras nuevas, pero todos sabemos que, en algún momento, volverán a nombrarlo. Porque en todas las competencias, hay futbolistas que brillan, pero uno sólo se transformó en paisaje.

Por eso, cada vez que cargo una mochila, ajusto una bicicleta o cruzo una frontera con la diez en la espalda, siento que no viajo solo. Viajan conmigo los caminos recorridos. Viajan mis sueños de pibe. Y viaja el Diego.

Ese capitán invisible que sigue gambeteando el tiempo, como aquella tarde eterna en el Azteca, donde convirtió una cancha de fútbol en una leyenda que todavía ilumina los caminos de quienes seguimos creyendo que viajar también es una forma de agradecer.

Gonzalo Niggli

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