viernes, 26 de junio de 2015

Estación Varadero (Cuba)

Allá donde fuimos, ya no somos
acá nos trajimos, con todo lo que nos hace
dejando el viento, el mar
las calles rotas donde crecimos
las baldosas de la casa
el desconchado en la pared
los retratos de aquellos
que nos nacieron
y jamás imaginaron
que un día no íbamos a ser
parte del corazón de isla
que nos define…



Dejamos en La Habana todo el afecto que nos brindó Alba durante la estadía en su hogar, que desde entonces, también es el nuestro. Partimos con dirección a Varadero; las ganas de un poco de mar ya no nos dejaban dormir.
Muy temprano nos subimos a un carro que nos llevó a la playa por 50 CUC que de camino, iba subiendo más pasajeros por lo que terminamos siendo siete personas en un viejo (marca).
Aproximadamente en dos horas llegamos a la ciudad costera. Allí nos esperaba (nombre) para darnos la bienvenida. Alquilamos su departamento por dos noches a 25 CUC cada noche, los cuatro. El lugar era bastante acogedor pero lo mejor que poseía era su ubicación, casi, casi a orillas del mar caribe. Además contaba con cocina, baño con agua caliente, aire acondicionado y televisión.


No habíamos terminado de preparar el mate cuando ya estábamos pisando la arena blanca y reluciente de esta playa paradisíaca, vendida en tours caros para turistas desprovistos de sentido de la aventura y el contacto con los demás. Muy lejos de comprar paquetes de mercado, nosotros elegimos una vez mas, el camino desprovisto de horarios de entradas y salidas a hoteles lujosos, visita relámpagos a playas que merecen mucho más que la zambullida prematura; restaurantes distinguidos sin sabores de cocina casera. Preferimos incursionar en el tiempo que mejor nos contiene: el nuestro. Así que en nuestro primer día de playa en Varadero asumimos el reto de consumir nuestro valioso tiempo en las arenas calientes de ese mar turquesa que encandila las pupilas mientras el sol te quema la piel y uno se siente un reptil más paseando por el lugar.
Al mediodía almorzamos en una hamburguesería que quedaba cruzando la calle para retornar, rápidamente, al lecho calentito del agua mansa. Esa tarde comulgamos con el sol al atardecer. 

Cautivamos nuestros espacios en blanco con la energía de Inti que se despedía en el horizonte y se acostaba sobre el mar una vez mas, como en tantos otros mares que supieron vernos despedirlo. Cuando la noche comenzó a hacerse el espacio en el cielo, salimos a cenar en el día en que Silvia cumplía años. Para festejar fuimos a un comedor muy bello, con mesas de maderas y faroles con luz tenue. Pedimos comida criolla y cerveza bien fría.
Al terminar partimos sin dudarlo a seguir la rumba en La Bodeguita del Medio. Allí tomamos un par de mojitos y dejamos nuestro recuerdo inscrito en la pared. Cada uno firmó con un epígrafe testigo del encuentro de nuestras almas en esta isla tan mágica y enigmática. Un trozo de nuestra historia que quisimos, se quedara ahí.


Al mediodía del segundo día, nuevamente pasamos la mayor parte del tiempo arraigados a la arena y al mar caribe. Nos cobijamos entre la vegetación del lugar que era bastante abundante, con nuestras vistas directo al mar pero cubriéndonos del sol que lastimaba bastante la piel.
En la ciudad había poco turismo, ya que era temporada baja. Sólo algunos cubanos que disfrutaban del fin de semana pero muy pocos turistas extranjeros. Los negocios (por llamarlo de algún modo) cerraban sus puertas a las cinco de la tarde y los gastronomicos a las diez de la noche, motivo por el cual había que estar atento al paso de las horas. Esa segunda noche no tomamos demasiado en cuenta el tema del horario; la mente se relaja de modo tal que el reloj comienza a parecer un objeto anticuado, en desuso, sin utilidad. Uno rasga las horas en pensamientos y razonamientos libres y en función de la salida del sol y la llegada de la luna va armando su rutina viajera, distante de tiempos de trabajo y horarios pautados: se almuerza y se cena cuando se tiene hambre. No importa la hora, ella no se toma en cuenta en absoluto.

Pues bien, finalmente esa noche distraída cenamos en un comedor popular en el que comimos parados unas chuletas de cerdo con el arroz que rebalsaba del plato acompañado de un refresco tibio. De retorno al departamento comimos un helado de vainilla con almendras para refrescarnos del calor que nos había dado tanta caminata.

Al otro día bien temprano caminamos unas cinco cuadras hacia la terminal y nos tomamos el “Vía Azul” con destino a Santa Clara.

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