viernes, 20 de junio de 2014
Estación Canoa
Después de una excelente
semana en Mompiche, decidimos seguir viaje por la ruta del sol y marcamos en el
mapa a Canoa, como próxima estación.
Para ello,
debimos tomar 3 buses Mompiche-Chamanga, Chamanga-Pedernales y
Pedernales-Canoa. En esta oportunidad, tuvimos la compañía de Marianela, una
argentina que conocimos en playa negra y que decidió cambiar su ruta de viaje
para compartir unos días con nosotros.
En Canoa, Pepe me
había habilitado la info de un camping pero decidimos volver al hosta-camping
que ya habíamos visitado en 2008 y por suerte de nuestros días, estaba habilitado.
En esta oportunidad, lo estaban administrando unos colombianos que nos
ofrecieron pasar la noche en camping por $5 dólares los dos utilizando la
piscina y también la cocina.
Sin dudas,
estábamos en un lugar maravilloso, en donde los días entre la playa y el parque
fueron sucediendo sin tiempo. Además, la hospitalidad de Rocío, de Darío y de
los hermanos Lorenzo y Sebastián nos impedían abandonar la costa para seguir
viaje por la cordillera.
Justamente, los
chicos recién citados, fueron el motor de alargar nuestra estadía en Canoa, ya
que surgió el apoyo escolar a cambio de hospedaje. Finalmente, fueron diez días
los que nuestros pasos dieron en este pequeño pueblo de la costa ecuatoriana.
Los días, se
iniciaban bien temprano con un fuerte desayuno y macramé. Posteriormente,
continuaba con la pileta y el almuerzo. La tarde se hacía tiempo en la playa y
por las noches, el pool y la cena, completaban el día.
Aunque con la
llegada del mundial, Darío y cia. pusieron la antena Direct TV y un proyector
con pantalla gigante, en donde disfrutamos varios partidos del mundial y sobre
todo, el de Argentina ante Bosnia.
Justamente, estas
comodidades, hacían que nuestros cuerpos no quieran abandonar el camping pero
la carretera no podía seguir esperando, así que tuvimos que dejar a la buena
gente que nos acobijó y las esperanzas que en el camino, siempre uno se cruza
con personas que por momentos pasan a ser las familias de esos días.
Dicen, que nunca
hay que volver a un lugar en donde hubo magia para no entorpecer aquellos
recuerdos pero podemos afirmar, que regresaríamos a Canoa para superar aún esta
segunda visita a este pequeño pueblo de 17 kilómetros de playa y dos calles de
pavimento.
Próxima estación,
Quilotoa…
domingo, 15 de junio de 2014
Estación Mompiche
“Y deberás crear si quieres ver tu tierra en paz”
miércoles, 11 de junio de 2014
Estación La mitad del Mundo - Quito, Ecuador
Desde la ciudad de Quito, tomamos una trole en avenida
América hasta la terminal Ofelia (u$s 0,25 cada uno) en donde hicimos
transferencia en un bus hasta San Antonio (u$s 0,15 cada uno).
El chofer, a pura garganta, anuncia la parada "mitad
del mundo". En el trayecto, nos cruzamos con unos cubanos, con los cuales
compartimos unas palabras y recibimos de obsequio una moneda del Che Guevara.
El ingreso a la ciudad tiene un valor de u$s 3 y nosotros
presentamos el carnet de estudiante ISIC y abonamos la mitad.
Entramos con el interés de conocer la historia, la geografía
y el descubrimiento de cientos de años de trabajo y nos fuimos con la sensación
del mercantilismo hecho turismo. Su arquitectura está basada en una
muestra característica del estilo colonial y, en la actualidad, cuenta con
locales comerciales donde puede encontrar artesanías de todo el Ecuador.
Además, de contar con muchos museos y locales de
gastronomía, nos llevamos de regalo la simple foto de poner un pie en cada
hemisferio y entender que en el sur, los corazones laten más fuerte...
Después de realizar una profunda investigación, se concluye
que la Academia de Quito era el territorio más propicio para realizar las
mediciones. El Rey Felipe V autoriza la llegada de los científicos franceses
pero bajo la compañía de dos jóvenes marinos: Jorge Juan y Antonio de Ulloa,
para que representaran a España dentro de tan afanosa empresa.
Una vez en tierras ecuatorianas, se une a este equipo el
científico ecuatoriano Pedro Vicente Maldonado, quien con su conocimiento de
geografía y geodesia, colabora estrechamente para asegurar el éxito de la
Misión.
Dentro de los aportes contribuyentes a la cultura universal
enmarcados por la Primera Misión Geodésica, se rescatan tres con un alto valor
histórico local y global:
La determinación de la forma real de la Tierra, es decir la
ratificación de la teoría de Newton sobre el achatamiento Polar.
La implementación del “metro” como sistema de medida
universal (diez millonésima parte del cuadrante de un meridiano terrestre).
La Condamine y su obra “Journal de Voyage a l´Equateur”, son
la causa directa de la adopción del nombre de ECUADOR cuando se consolidó el
Estado, al separarse de la Gran Colombia.
A fines del siglo XIX, en 1902, la Academia de Ciencias de
París deseosa de comprobar los resultados obtenidos por sus científicos en el
siglo XVIII envía al Ecuador la Segunda Misión Geodésica comandada por el
General Charles Perrier, para medir un arco de meridiano mayor al medido
por la Condamine y corroborar los resultados obtenidos en la primera Misión.
Fuente: www.mitaddelmundo.com/es
martes, 3 de junio de 2014
Estación Otavalo
"Las ofertas
de paz de Benalcázar y de nuestros enemigos no van encaminadas sino a sacarnos
el tesoro que ellos piensan que está en Quito, para apoderándose de ello hacer
lo mismo de nuestras mujeres e hijos y privarnos absolutamente de la libertad,
como la experiencia de Cajamarca lo ha demostrado...
Estas cosas nos
muestran que por nosotros ha de pasar lo mismo con tanta afrenta y deshonras,
que antes que verlas no quisiéramos ser nacidos. Y, pues que nuestras muertes
han de ser a sus manos padeciendo tan cruel y terrible servidumbre, mejor es
que muramos luego con sus armas y debajo de su caballo, quedándonos a lo menos
este contento de haber (por la defensa de nuestros dioses, de la Patria y de la
libertad) hecho nuestro deber con honradez."
Rumiñahui
Dejamos Colombia para sumergirnos en las
corrientes pacificas de las costas ecuatorianas.
Impulsados por las ansias de
descubrimiento, atravesamos la frontera colombiana y pisamos el suelo de
Ecuador. Llegamos bien temprano a la terminal de Ipiales y de allí tomamos una
buseta hasta la frontera. Sellamos nuestros pasaportes en el puesto de
migración colombiano. Allí, atravesamos el puente internacional que separa a
ambos países y nos embarcamos en una nueva buseta con destino a la terminal de
Tulcán, donde tomaos un bus hacia Otavalo por un dólar y medio ($15).
En la ciudad nos recibió un calorcito
gratificante. Bajamos del colectivo en plena avenida y de allí caminamos unas
quince cuadras hasta el centro. Luego de una hora de espera, encontramos un
alojamiento acorde a nuestro presupuesto.
El hostal se llamaba “Tamia-tuki” y
abonamos diez dólares por noche de estadía, en una habitación con tele y baño
privado. Además, el lugar contaba con cocina. Estaba ubicado a dos cuadras de
Plaza del Poncho: lugar increíble, lleno de puestos en los que venden sus
mercaderías toda clase de artesanos.
En Otavalo nos hospedamos tres noches en
las que caminamos las calles del pueblo, sus plazas y vías de un ferrocarril en
expansión.
El segundo día de estadía partimos
temprano hacia el “Parque Peguche”, bosque en el que habita a comunidad “FACCA
LLACTA”. Imposible describir con exactitud la inmensidad de aquella pequeña
selva en el centro de la montaña: el verde desborda por los ojos, árboles
ancestros abrazan la quietud del espacio y arrullan a mariposas y pájaros de
todos los colores. Varios caminos de piedras guían los pasos de los transeúntes
que visitan el lugar.
Ese domingo, la pacha agració al suelo
húmedo con gotas de lluvia suavecitas, casi imperceptibles. La caminata desde
el centro de Otavalo nos había deja exhaustos pero al percibir tremenda
inmensidad, nuestro cuerpo agradeció la fatiga y, extenuado de felicidad,
descansó en el centro de una cueva natural de la que nacía una cascada
transparente que llenaba de música el ambiente.
Decidimos acampar en el corazón de la
cascada y, acompañados de su melodía, cocinamos unas pastas salteadas con
verduras. Almorzamos felices, agradeciendo en
cada bocado, la gracia de que nuestros sentidos perciban semejante paisaje.
Nuestra pacha amada, feliz de nuestra
compañía, nos retribuyó con un sol
resplandeciente. Abandonamos la cueva y recorrimos las entrañas del Peguche,
emocionados en cada paso, admirados al tocar, oler y sentir las caricias que
nos brindaban las gotas de agua, las hojas de los arboles, el canto de os
pájaros, los suspiros de ancestros que habitaban esos verdes y hoy moran ahí,
cuidando la selva, el agua y a los animales.
Extasiados de inmensidad, regresamos a
Otavalo, de camino un pana vecino nos acercó hasta el centro y allí regresamos
al hotel.
El tercer día dejamos la ciudad vestida
de colores cada mañana, tarde y noche. Guardamos en la retina, sus veredas
rojas y negras, sus plazas limpias y verdes, sus monumentos ancestrales en
honor a los dueños de toda la tierra. Acariciamos las sonrisas de su gente. Sus
damas vestidas con polleras largas y blusas bordadas con flores de unos colores
maravillosos. Sus caballeros de gala, con sombreros redondos y trenzas que
llegan hasta la cintura, pantalones blancos y alpargatas de tela.
Despedimos a este pueblo tranquilo,
alegre, ancestral. Nos embriagamos de sus tradiciones, sus mercados y sus
sabores.
Caminamos a paso lento hacia la terminal
y tomamos un bus con destino a Quito. Allá, a dos horas de viaje, dejamos a
Otavalo… agradecidos a la Pacha por habernos permitido morar en sus
inmensidades.
Próxima estación, Quito...
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viernes, 30 de mayo de 2014
Estación Cali
“Las cloacas del poder se ponen en marcha:
Y después de tres noches, decidimos partir hacia la
frontera. Agradecidos de encontrarnos en el viaje a personas que le dan vida a
nuestro caminar. Gracias Adriana, por el hospedaje, por la confianza, por la
amistad y por la torta de chocolate con helado…
Tiene alrededor de cincuenta vidas sobre su mirada. Fue
inmigrante en el viejo continente que lo expulsó con menos esperanzas que las
que llevaba, dejó allí dos hijos y sueños perdidos. La guerrilla entre Colombia
y Ecuador le arrebató el último recurso material que le quedaba para resistir a
la pobreza y quedó sin casa, sin tienda y sin dinero; mas nadie fue lo
suficientemente ruin para arrebatarle su dignidad de hombre.
Caminamos los tres juntos las orillas del río Cali y en un
mediodía caluroso compartimos mates y buena música. Su soledad quedó rezagada
por medio día y nos ofreció lo mejor que tenía para darnos: su morada cálida y
humilde, una ducha de agua fría y la intensidad de un hombre que vive la vida
arraigado a los momentos felices.
Los culpables tienen que ser eliminados.
Y si no se hallan, se inventan”
José Saramago
La ciudad de Cali, era una cuenta pendiente, ya que en
nuestro anterior paso por Colombia, habíamos esquivado este punto del mapa.
Así fue que desde Bogotá nos subimos a un bus cerca del
medio día ($55 mil colombianos = u$s 27 cada uno) para llegar al sitio indicado
cerca de las 23 horas.
En esta oportunidad, no llegamos con la incertidumbre de saber a dónde dormir pues, Adriana nos esperaba en su morada que muy amablemente nos había invitado por vía facebook.
En esta oportunidad, no llegamos con la incertidumbre de saber a dónde dormir pues, Adriana nos esperaba en su morada que muy amablemente nos había invitado por vía facebook.
Después de cruzar la ciudad de norte a sur, dimos con la
casa y luego de conocernos, nos fuimos a descansar con la premisa de
levantarnos bien temprano puesto que las elecciones presidenciales obligaban a
Adriana ser parte de las mesas fiscalizadoras.
Debido a esto, nos fuimos a recorrer el casco antiguo de una
ciudad dormida. Paradójicamente, no por el horario sino por la pasividad en que
vivieron un hecho tan trascendental para la vida de un país como el sufragio
universal.
Justamente, parecía un domingo más del calendario, en donde
el ciudadano iba a correr al parque o salía a almorzar en familia. Quizás, los
colombianos se tendrían que preguntar ¿Por qué hubo tantos votos en blanco? ¿Por
qué se presentó el 40% del total del padrón? A su vez, nosotros nos preguntamos
¿por qué el voto no es obligatorio por estas latitudes?
Con este panorama, regresamos a casa y encontramos a Adriana
desahuciada por el poco compromiso del ciudadano: “a las dos de la tarde sólo
se habían presentado 70 de los 320 votantes de mi mesa” y concluyó “a las
cuatro se cerraron las mesas y una hora después ya habíamos concretado el conteo
final”.
El resultado de las elecciones, que determinó que santos y
Zuluaga vayan a segunda vuelta es el reflejo del pesimismo, de lo apresivo, que
creen que la situación no tiene salida y que están condenados al fracaso. Una
muestra del sálvese quien pueda y los demás que se pudran. Los demás, son los
pobres, los incontables hombres y mujeres que vimos deambular por las calles de
Cali.
Seamos razonables, a quien le pasaría por la cabeza saber a
priori el tan bajo porcentaje de participación y ver personas votando
masivamente en blanco sin que nadie lo hubiera ordenado.
En fin, nuestros días en la ciudad de la salsa, no
terminaron con las elecciones. Con Adriana, compartimos una caminata, muchas
charlas, rondas de mate y además, visitamos el Lago de las Garzas.
¿Qué pasa por la calle? Desparramadas por las orillas andan perdidas las esperanzas
sobre el río Cali. Deambulan pálidas y desiertas en las corrientes y desembocan
en las miradas de gente que las ha resignado para otra vida mejor.
Omar corre pausado y camina ligero, hace una pausa en su
recorrido matutino de cada domingo y se detiene ante nosotros. Una charla de
fútbol deriva en una invitación al santo ritual del mate, -Significa comunión,
amistad, hermandad- le decimos. Entonces Omar toma uno; revuelve la bombilla,
huele el perfume de la yerba. Nos mira y sonríe.-¡Cuidado que está caliente!- y
bebe pausado, saboreando el agua, fuente de vida, que sabe a norte argentino,
que sabe atierra uruguaya, que sabe a América del Sur.
Toma otro mate y nos mira:-Comunión- repite sonriente.-
Ahora somos amigos- nos dice.
Vive en un barrio popular en el centro de Cali. Su rancho es
humilde al igual que la humildad que denotan sus palabras. No posee riquezas
materiales pues el sistema lo priva hasta de una heladera en una ciudad en la
que la temperatura mínima ronda los 27º en el mes de mayo. – Mi presupuesto no
me permite comprar un agua mineral todos los días- nos cuenta. Así que Omar
enfría su “agua de grifo” (como el le llama) en el ciber vecino.
-Gracias a un amigo que me dio una mano tengo trabajo- y
gasta nueve horas de cada día laburando de empleado en una casa de música por
el sueldo mínimo. Almuerza en comedores populares pues su casa no tiene cocina
pero tiene un pana, vecino que comparte con él la sabiduría de aquel que
entiende que la vida es la mayor riqueza que posee el ser humano.
Me senté en un escalón de la plaza San Antonio y al pensar
en mi amigo comencé a llorar sin consuelo. Me sentí triste porque su
resignación significaba la pobreza de identidad de un país que disputa su poder
entre dos bandas narcos, olvidando cientos de miles de sueños y de futuros,
vidas de personas que, abandonados a la suerte, deambulan por las calles sin
mayor meta que la resignación permanente.
- Esto no cambia más por eso no fui a votar- y allí se
quedaron los sueños y las ilusiones de este hombre gentil y noble cuya
integridad me perforó los cinco sentidos del alma.
Resuena como un eco la desilusión de los caminantes de Cali
y la voz de Omar renace en un colombiano que trabaja duro para sostener a su
mujer y su hijita de dos años. –Aquí, el pobre cada vez es más pobre y el rico más
rico.- nos cuenta con una naturalidad que espanta.- Yo soy pobre pero agradezco
a Dios tener mi negocio- Aquí hay gente que no tiene nada, que sale a la calle
a vender lo que sea para alimentar a sus hijos.
Y este cuarenton de ojos cálidos y piel curtida ayer salió a
comprar una gaseosa fría para su hija y en el camino encontró a una familia aún
mas pobre que él, entonces les convidó comida y llenó sus vasos de gaseosa fría
y compartió con ellos lo que no le sobraba, lo poco que tenía.
Y así andan mis panas colombianos, formando parte de un
sistema que los excluye y viste de cifras en un porcentaje que cada año crece y
crece sin retorno. Estos “pobres materiales” entregan lo que no tienen para
rescatar del infortunio a otros tantos desposeídos.
Escribimos estas líneas para homenajearlos pues no sólo de
paisajes está hecha la carretera. Ellos nos alientan a la eterna rebelión, a
caminar con paso mas firme, a arraigar nuestros ideales. Por ellos luchamos y
educamos. Por ellos alzamos la voz en un grito ensordecedor pues en Colombia a
los pobres les apagan la voz, quedaron mudos entre tanta desidia. Presos de la
inercia, no tienen fuerzas para reclamar, gritar o indignarse. Permanecen estáticos
ante un poder absolutamente corrompido por el oro blanco que negocia sus
campos, sus fuentes de trabajo y vende sus sueños como si fueran mercancía
barata.
Que el eco de su silencio resuene en nuestras voces y
lleguen a oídos de los más sordos. Que este grito los indigne tanto como a
nosotros.
Nos duele Colombia. Nos duele Cali. Gracias Omar esta
maravillosa lección de vida y dignidad.
“Para todos, Todo”.
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jueves, 29 de mayo de 2014
Estación Bogotá
"Colombianos, las armas os han dado la independencia,
las leyes os darán la libertad"
Tierra de Gabo, del olor a café y el sonido a violines,
teatros y museos que se visten de fiesta cada mañana. En ellos, moran artes de
Botero, Dalí y de Picasso. La historicidad de las monedas en el Museo de la
Moneda, nos relata el ocaso de las civilizaciones antiguas y el saqueo de los
tiranos en una dicotomía perpetua entre conquistadores y conquistados.
Francisco de Paula Santander
Tierra de Gabo, del olor a café y el sonido a violines,
teatros y museos que se visten de fiesta cada mañana. En ellos, moran artes de
Botero, Dalí y de Picasso. La historicidad de las monedas en el Museo de la
Moneda, nos relata el ocaso de las civilizaciones antiguas y el saqueo de los
tiranos en una dicotomía perpetua entre conquistadores y conquistados.
Llegamos a la gran Bogotá pasadas las siete y media de la
mañana, después de catorce horas de viaje desde la ciudad de Cúcuta. El bus
costó unos $110000 ($500) por los 561 km que separan a ambas ciudades.
El micro nos dejo en la terminal principal de colectivos que
a simple vista parece un aeropuerto. Bajamos nuestras mochilas y nos dispusimos
a tomar una buseta que nos dejara en el barrio “la candelaria”, el centro
histórico de Bogotá.
Finalmente caminamos unas siete cuadras hasta Carrera 19
(Avenida 19) y allí tomamos el colectivo que nos acercaría al centro. El costo
del boleto por cada uno fue de $1600 ($7.5).
En el trayecto conocimos a unos mochileros europeos que nos
preguntaron si teníamos hospedaje. Nos recomendaron un hotel en el que ellos
paraban hacía ya dos meses, de los más baratos de la ciudad.
Decidimos acompañarlos. Bajamos del bus y caminamos unas
diez cuadras con nuestras mochilas a cuestas. Las calles iban en subida y el
recorrido parecía eterno. Afortunadamente, después de quince minutos de
caminata, llegamos al Hostel Music Logic, ubicado en carrera 10 calle de la agonía.
Allí nos recibió Christofer. El costo por día en una habitación compartida era
de $16000 ($80 c/u) con desayuno incluido. Nuestra habitación se llamaba Regee
y dormimos junto a un gringo del cual supimos menos que nada.
El lugar era hermoso. Un recibidor con carteles en ingles,
horarios, disposiciones del lugar, etc. A la derecha, un salón de usos múltiples
con maquinas e internet y una tv pantalla plana. Hacia la izquierda, el resto
de la casona. Alrededor de diez habitaciones llenaban los patios internos de la
posada. El hospedaje contaba con dos patios internos, una cocina común y un bar
que a la vez se utilizaba como desayunador.
El sitio era atendido además, por Lucas, un mendocino que
hacia ya tres meses estaba allí de voluntario, trabajando por la comida y la
cama al igual que Daniel, un costarricense que, además trabajaba fuera del hotel
para ahorrar una moneda..
Desayunamos y salimos a recorrer el casco histórico:
afortunadamente llegamos en la semana de los museos. Vimos obras del gran
Botero, Dalí y Picasso. Pinturas y esculturas por montones. Citas de Gabriel
Gracia Márquez y una muestra fotográfica de la Bogotá de los años treinta,
cuarenta y cincuenta.
Nuestra estadía en la capital colombiana duró dos noches,
las suficientes para hacernos de amigos increíbles y revoluciones libertarias.
La ciudad: Bogotá se viste de fiesta cada tarde, mañana y
noche. Sus casitas coloniales llenas de colores hoy funcionas como distintos
negocios. Instituciones y hogares de familia. La plaza principal es Simón Bolívar
y la rodean cuatro catedrales que datan del Medioevo.
Llegamos a Bogotá en plena semana de elecciones
presidenciales, reclamos (pocos) y resignaciones (en demasía).
Las avenidas son amplias, como indefinidas las cantidades de
vendedores ambulantes, artistas y negocios que las habitan. La plaza el Chorro
de Quevedo sabe y huele a arte, cervezas y chicha de Guayaba. Es tan colorida
como un arco iris en pleno día nublado. Allí el arte domina las calles, los
rincones, el aire. Y las miradas.
“Tengo un par de gringos que me arruinan el paisaje” Al
llegar, al irnos, al recordar, al repensar, los vemos andar sin andar,
consumiendo de las calles lo frívolo, lo escaso, lo insípido, lo absurdo (desde
nuestra perspectiva). Sus noches suelen ser más largas que sus días y sus días
pasan sumidos en la fatiga que la noche (mal o bien vivida depende desde que
punto de vista se lo mire) deja como huella. Para un latino, se complica en
costos que están puestos para gringos, se complica en un idioma que no
entendemos pues viajamos buscando, precisamente, todo eso que hemos perdido,
que creímos perder o que nos intentaron hacer creer que no merecíamos en
absoluto. Al mostrarnos su espejo notamos las distancias que nos separan, que
no residen simplemente en kilómetros de océanos y rutas, sino en una manera de
ver la vida, de sentirse humano, de compartir un mundo en común. Venimos de
ellos muchos de nosotros pero hacia ellos no necesitamos volver, de eso estoy
segura. Bogotá nos dejó el sabor de las calles arrebatadas por cientos de
extranjeros que se alejan de nosotros en idiosincrasia, en tiempos de
búsquedas, en metas, en paisajes encontrados. Por momentos nos sentimos
extraños en una tierra que es nuestra y nos pertenece por derecho y por sangre
derramada. Volveremos siempre pues Latinoamérica nos pertenece, nos duele, nos
da esperanzas y, lo más importante: nos brinda IdEnTiDaD.
Celebración de la
amistad: Se llama Daniel, un costarricense con cientos de sueños cargados en
una mochila que aún no encuentra el momento para salir de caminata, sin tiempos
y sin rumbos. Nos abrazamos fuerte la última noche en el hotel que nos abrigó;
compartimos con él lo mejor de nosotros: el mate y el fernet con pomelo. Es
dulce su sonrisa, inocente, espontánea. Se ríe a carcajadas con cada palabra
típica argenta que sale de nuestras bocas sin darnos cuenta: Pomelo, capo,
chabón, gil, huevòn, boludo, minita, groso, banana, langa, etc. Nos contó de su
historia, de su pueblito, allá en Costa Rica, nos dice que todavía falta para
que Costa Rica tenga un líder como Chávez o como Evo o como Fidel o como
Néstor; que van en camino, que se sintió feliz porque aprobaron el sistema de
salud para homosexuales, que ese detalle le da esperanzas. Un episodio
desafortunado lo dejó sin su cámara en un barrio popular de Medellín; le
arrebataron su cámara pero no sus sueños. Quiere recorrer Latinoamérica
filmando documentales sociales para relatarle al mundo a través de los lentes
de su cámara como vive y respira este continente amado. También quiere visitar
Argentina y estudiar en la Universidad De Las Madres. Cuando Pechu le contó que
había hecho una especialización en economía política en esa universidad sus
ojos se le llenaron de luces y esperanzas. – Te esperamos en Santa Teresita, en
nuestro hogar!- Le dijimos. No sabes los locos que tenemos allá, te vas a cagar
de risa!. Asado y mucho fernet te esperan en nuestro quinchito.- Tenes que
venirte! Y quedó una llave abierta para dentro de poco o mucho. Nos abrazamos
fuerte y tomamos una foto para pasar por el corazón cada día luego de este día.
A las nueve y media de la mañana el desayuno nos encontró hablando con Emiliano
y David. Dos argentinos de regreso a la patria supuestamente derrotados por
negocios y sueños que no pudieron llevarse a cabo durante su estadía en
Colombia. La llave se abrió rápido, casi, casi, en la primer mirada que compartimos.
Porque es así cuando estas lejos de tu tierra y te encontras con un camarada,
entonces él se vuelve los hermanos que están lejos, la sonrisa de ese amigo que
hace meses no escuchas, el fútbol con los pibes, el asado en la parrilla y el
fernet con pomelo. Cerca de las dos, a punto de despedirnos con una fotografía
del encuentro, Los pibes se dieron cuenta que faltaban sus únicos cien dólares
con los que contaban para regresar a Lanús. Mucha bronca, mucha impotencia,
mucha injusticia. Entonces nos miramos y entendimos que éramos llaves, panas,
camaradas, amigos. Sacamos el vil metal de nuestros bolsillos y nos reconocimos
en Emi y en David. Pagaron su noche de hotel y de sus bocas salieron un perdón
y un gracias. Prometimos unas birritas cuando nos encontremos en Buenos Aires.
Nosotros les decimos desde acá: Gracias a ustedes por el encuentro y por
agregar a nuestras vidas nuevos amigos que va dejando la carretera.
“En los suburbios de La Habana, llaman al amigo mi tierra o
mi sangre. En Caracas, el amigo es mi pana o mi llave: pana, por panadería, la
fuente del buen pan para las hambres del alma y llave por... -Llave, por llave
-me dice Mario Benedetti. Y me cuenta que cuando vivía en Buenos Aires, en los
tiempos del terror, él llevaba cinco llaves ajenas en su llavero: cinco llaves,
de cinco casas, de cinco amigos: las llaves que lo salvaron.” Eduardo Galeano.
El Libro de los Abrazos.
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