jueves, 7 de agosto de 2014

Estación Copacabana


"Cuando se tapa la taza del baño, ¿qué es lo que hacemos?, llamar al plomero (...) sin embargo el plomero no puede arreglar, y nos dice: dame cinco bolivianos, ocho bolivianos, ¿para qué? para comprar Coca Cola. Compra la Coca Cola y la echa a la taza del baño, pasan minutos y ya está destapada (...) Imagínense, ¿qué químicos tendrá la Coca Cola?". Evo Morales

El bus, caminaba de Puno a Copacabana por los senos de la Pachamama y los rayos de sol, ingresaban por las ventanillas en la madrugada naciente cuando un grupo de chilenos, luego de pasar el control migratorio, exclamaban su inconformismo contra el pueblo boliviano por “como tratan a los europeos” en este país.

Disgustados, afirmaban en grupo la bronca de que se les cobre un canon por ingresar a Bolivia o que paguen de más por su condición de gringo. Seguramente, el minúsculo grupo de viajeros trasandinos, desconoce la historia de los pueblos de América del Sur y su mirada eurocentrista les prohíbe sentirse parte de la herencia sanmartiniana.
Al escuchar estas afirmaciones, levantamos la voz para llamarle la atención, diciéndoles si sabían como tratan los europeos a los latinos que pisan su tierra y aún más, si eran conscientes del saqueo que produjeron en los años de conquista y luego, en el colonialismo liberal.
Por lo tanto, el bus, seguía acariciando el lomo de la Pacha y el Lago Titicaca, nos bañaba en su esplendor. Pasado el medio día, pisamos Copacabana y nos instalamos en el hostal “Sol de Mayo” por $15 bolivianos por persona con agua caliente y cocina.
En el camino al hospedaje, nos cruzamos con dos argentinos, Nahuel y Pablo, con los cuales compartimos las tres noches en esas latitudes. Allí, decidimos conocer el pueblo y visitar la Isla del Sol para embarcarnos en el inmenso lago de América. 

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