miércoles, 17 de junio de 2015

Estación Casablanca (Cuba)

Se perdió el hombre de este siglo allí 
su nombre y apellido son: 
¡Fusil contra fusil! 
Se quebró la cáscara del viento al sur 
y sobre la primera cruz 
despierta la verdad. 

Silvio Rodríguez


Caminando por La Habana Vieja y por el mismo Malecón, llegamos a tomar la lanchita de Casablanca para cruzar la bahía de La Habana y visitar el Cristo y el Castillo de San Carlos de la Cabaña.
Y nos encontramos con la sorpresa de un show gratuito que iba a llevar a cabo Silvio Rodríguez en la plaza de Casablanca. Entonces, caminamos hacia el Cristo y entre mates y fotografías, dispersamos el tiempo para ver en vivo al trovador cubano. 
El músico, se presentó a las 19 horas y la plaza empezó a sentir a través de sus letras y melodías. En el blog personal del artista, se puede leer por propia pluma, la experiencia que nosotros vivimos en suelo cubano:



“Generalmente no escribo sobre los lugares de los conciertos antes de hacerlos, pero el caso de Casablanca es especial. Se trata de un barrio que visité a menudo durante mi adolescencia, más que nada por su poética belleza, aunque también por la sensación de estar haciendo un viaje. Y es que para llegar a aquel rincón pintoresco había (y hay) que cruzar la bahía en lanchones de aspecto vetusto, y como se decía que llevaban prestando su servicio desde tiempos inmemoriales, uno podía imaginarse a fines de siglo 19, o en la década del 30, asistiendo a alguna clandestina reunión de patriotas, o yendo a visitar a una dama de abanico y pañuelo. 
Me gustaba tanto Casablanca que, incluso cuando salía de pase durante mi servicio militar, a veces invertía varias de las pocas horas que me daban para tomar la lanchita, cruzar la bahía y vagabundear sin rumbo fijo por sus calles. Y siempre que estaba allí acababa subiendo las largas escaleras, hasta los pies del Cristo de La Habana, para desde allá arriba escrutar la ciudad y soñarme volando sobre sus cúpulas y tejas.


Años después me tocó ir por simple necesidad, ya que en 1974, cuando se organizaba el Movimiento de la Nueva Trova, todos los lunes, a las 6 de la mañana, tomaba en Casablanca el tren del Hersey para llegar temprano a Matanzas, provincia que me había tocado recorrer en busca de trovadores.
El concierto de hoy (ya estoy hablando después de regresar) fue muy lindo, coloreado por la tropa segund@citera y su entusiasmo desbordante. Ahora voy a colgar esta entradita, aunque las fotos las pondré mañana porque están pasando la cuarta parte de Liberación y no quiero perderme lo que falta”…


Fotos: 1 y 3 segundacita.blogspot.com.ar

domingo, 14 de junio de 2015

Estación Habana Vieja

“La revolución no es un opio, es una purga, un éxtasis que sólo prolonga la tiranía. 
Los opios son para antes o después.” 
Ernest Hemingway


Salimos desde el Vedado a la Habana Vieja en pleno calor del mediodía con el sol aflorando por todos los rincones, filtrando las calles gastadas, entre  árboles de avenidas y edificios en ruinas que, como viejos en la orilla, contemplan la vida pasar esperando que alguna mirada compasiva los contemple en su belleza gastada, corroída por el paso del tiempo y la imposibilidad económica de su mantenimiento.

Caminamos los senderos de asfalto; nuestras miradas atónitas desmembraban los cimientos de otra época pasada y perdida que convive con la intensión de una modernidad ingenua, todavía naciente, amenazando con “embellecer” las caras de estos castillos de quinientos años, que se resisten a morir.

Viajamos hacia La Habana Vieja en un “carro” de los años ’60. El costo del viaje hacia el centro fue de 2 CUC por los cuatro, (el precio varia según la honestidad del taxista y la cara del turista). Al llegar, nuestro primer destino fue el Capitolio. Este edificio fue construido en 1929 en La Habana bajo la dirección del arquitecto Eugeni Raynieri Piedra, por encargo del entonces presidente cubano Gerardo Machado.


El edificio estaría destinado a albergar y ser sede de las dos cámaras del Congreso o cuerpo legislativo de la República de Cuba. Inspirado en el Capitolio de los Estados Unidos, el edificio presenta una fachada acolumnada neoclásica y una cúpula que alcanza los 91,73 m de altura. Situado en el centro de la capital del país, entre las calles Prado, Dragones, Industria y San José, es el origen kilométrico de la red de carreteras cubanas, y después del triunfo de la Revolución, cuando fue disuelto el Congreso, fue transformado en la sede del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente y de la Academia de Ciencias de Cuba. En la actualidad, el edificio se encuentra en restauración, desde hace ya cinco años. Lamentablemente no pudimos ingresar en él.

Continuamos nuestro recorrido hacia la Plaza Vieja: Llamada inicialmente Plaza Nueva, se erigió rodeada por las antiguas calles de Muralla, Mercaderes, Teniente Rey y San Ignacio, convertida además en área residencial de lo más selecto de la burguesía criolla hasta el siglo XVIII.


Su nombre se transformó en Vieja al nacer la Plaza del Santo Cristo, y en 1835 acogió al Mercado de la Reina Cristina, una de las primeras pescaderías recogidas en los documentos de esos tiempos, sustituida en 1908 por un parque de tipo republicano.

Al caminar a través de sus callejones, la Plaza se viste de colores de fiestas: amarillos, verdes, celestes oscuros sin convertirse en azules son parte de una acuarela mágica y alegre que alerta a los sentidos. El jolgorio de las calles al son de las rumbas cubanas, daiquiris, mojito; de pronto una diosa perdida en el medio del espacio: nos mira y nos bendice con su tenedor de acero. No tiene nombre y se le ha perdido la insignia de  su padre creador. Es tan hermosa como misteriosa. Sin dueños propios porque es de todos… y de ninguno.


Un camino hacia allá y esa casona vieja. ¿Que ocultarán sus ventanas averiadas? ¿Y esos balcones ya rasgados, descuajeringados? Y si ella pudiera hablarme ¿Qué me diría? Testigos mudos de cientos de años, supieron albergar en sus pisos descalzos, a familias burguesas en tiempos en los que la Isla no era dueña de sí misma, moría bajo el yugo imperialista que se vestía con distintas máscaras. Hoy  esos edificios reciben turistas a montones y funcionan, en su mayoría, como restaurantes que nada tienen de popular.

Al abandonar la plaza nos dirigimos hacia el templo de Hemingway: Bar La Floridita, cuna del daiquiri y cuna, también, de palabras de lucha, revoluciones que bailaban entre párrafos y oralidades. Me acerco y me invita un trago: Daiquiri de mango. Allí esta su espíritu, el recuerdo empírico de su presencia durante los años treinta. Allí sus historias con los amigos cubanos, su gorra blanca y su barba de tipo bonachón. Allí, el nacimiento de “Por quien doblan las campanas”, allí “Papa”, como lo llamaban sus amigos del barrio.
Nos fuimos de La Floridita después de tomarnos un daiquiri de mango sobre la barra de madera, entre aromas a habanos dulces y baladas de trovador. Afuera hacia mucho calor y todavía nos faltaba degustar el Mojito.

La Bodeguita del Medio: en pleno centro histórico este bar atrapa por su cálida bienvenida. En sus paredes gastadas, las firmas y dedicaciones de miles de personas invitan a sumarse al encuentro, al baile y al mojito. Inscripciones por doquier filtran el espacio de agradecimientos, deseos y despedidas que se niegan a concretarse: “Viva la Revolución”, “Cuba tan linda”, desde Suecia, sonidos de Latinoamérica y del mundo entero se encuentran en estas paredes que cantan y ríen entre maracas y wiros.


Partimos finalmente de regreso hacia el Vedado. Nos encandilan tantos colores, nos invaden tantos olores de mentas, mangos, tabaco cubano. Los oídos llenos de tambores y toc toc, el tacto enredado entre paredes y suelos. La garganta entre daiquiris y mojitos. Rebalsamos el alma de tanto sentido expuesto y alegría desvergonzada.

En Casa, Alba nos espera.

viernes, 12 de junio de 2015

Estación Museo de la Revolución

No sólo sabremos resistir cualquier agresión sino que sabremos vencer a cualquier agresión y nuevamente no tendríamos otra disyuntiva que aquella con que iniciamos la lucha revolucionaria, la de la libertad o la muerte, solo que ahora libertad quiere decir patria y la disyuntiva nuestra sería patria o muerte… Fidel Castro


El antiguo Palacio Presidencial, construido en 1920 por los arquitectos Maruri y Belau, se encuentra el Museo de la Revolución y fue declarado en 1998 como Monumento Nacional. El histórico edificio tiene cuatro plantas, un patio interno, relevantes escaleras y cuantiosas salas, en donde sobresale una cúpula vidriada que enaltece la vista de los visitantes.
Dicho Museo, se inauguró en 1988 y es uno de los edificios de mayor importancia de la isla. La historia, está resumida en fotografías, documentos, diarios de época, videos, esculturas, estatuas, fragmentos literarios, etc.
El paso del tiempo, señala con heroísmo el triunfo de la revolución y sus barbudos. El Museo y sus paredes que hablan y respiran. Pues, en las escaleras y en el patio interno, se pueden observar los agujeros de balas que se propiciaron años antes de la revolución.
Justamente, a continuación del ex Palacio Presidencial, se halla el Memorial Granma, en donde está la embarcación que partió de México, el tanque de guerra que utilizó Fidel en la invasión a  Playa Girón y la camioneta que propicio el ataque fallido a Batista, entre otros vehículos. 
La sala más curiosa, según “Lala” es "el rincón de los cretinos", con caricaturas y textos "irónicos" hacia Batista, Ronald Reagan o George Bush: A Fulgencio Batista: "Gracias cretino por ayudarnos a hacer la revolución"; a Ronald Reagan: "Gracias cretino por ayudarnos fortalecer la revolución"; a George Bush: Gracias cretino por ayudarnos a consolidar la revolución".

Entre tantas historias y acciones, la emoción nos baño de cuerpo entero en el último piso, que está dedicado al Che y Camilo. En donde se redactan sus historias de vida y lucha y se conservan armas, fotos y escritos, utilizados por ellos en épocas de revolución.

Horario: Todos los días de 10 a 17 horas
Entrada: 8 CUC (USD)

lunes, 8 de junio de 2015

Estación La Habana

Vivo en un país libre
Cual solamente puede ser libre
En esta tierra, en este instante
Y soy feliz porque soy gigante.
Silvio Rodríguez

El reloj señaló las 15 horas y así partimos (Gonza y Tama) junto a Walter y Silvia rumbo a Ezeiza. El 8 hizo de transporte público hasta el aeropuerto y la espera se hizo dulce entre charlas y mates. El viaje, de Buenos Aires-Quito y posterior partida a La Habana, se estaba haciendo realidad.
Y entre tanto, salieron los mapas, las ciudades, las amistades, el tiempo y la aventura de lo desconocido. Cada uno, incipientes viajeros de Cuba, profanamos un pronóstico del futuro mediante ¿Con qué nos íbamos a encontrar? ¿Decepción? ¿Utopía? ¿Revolución?...


Aunque viajar, en realidad, nos enfrenta al miedo porque nos enseña, nos muestra la otra verdad de la realidad, nos presta montañas de ruidos para escuchar mares de silencios, nos aleja del tiempo y nos ata al viento. También, nos hace saber que sabemos bien poco, y que saber esto, ya es mucho.
Así, con luna llena a plena luz de la noche, volamos hacia la isla. El viaje no fue cansador, pues después de seis horas aterrizamos en Quito y una hora y media después, ya estábamos volando hacia Cuba. Cerca de las 6 de la madrugada, arribamos a la isla. Nuestras sonrisas, no se podían machacar ni con los controles burocráticos de los rostros.
Con las mochilas en los hombros, esperamos un taxi (único transporte público) que nos acerque a la dirección de la casa de familia en la cual nos íbamos a alojar. Y luego de un tiempo, acordamos el viaje por $20 CUC
Desde la velocidad del auto, las calles de Cuba se veían en blanco y negro. El paso del tiempo, los autos de “colección”, las construcciones de siglos, las plazas históricas y el color de la vestimenta, despertaron nuestra atención y el cansancio del vuelo.
El Vedado, fue el barrio de nuestra vivienda y Alba, la mujer que nos acobijó con mucho amor. Aquí, pasamos horas y días, casi semanas o un mes. Un viaje de mariposas, que inundó nuestras cabezas alineadas de la historia.
Y nosotros, desde la llegada, empezamos a escribir nuestra propia historia…     
Cuba, nos llenó la panza de incertidumbres y mariposas, nos enseñó a perder y a ganar y nos hizo comprender que tropezar es el paso anterior a volar.

Próxima Estación, Museo de la Revolución

*El mejor cambio de moneda en Cuba lo conseguimos en el Aeropuerto Internacional José Martí. Vale aclarar que conviene llevar Euros ya que al Dólar Americano le retienen el 10%.
Por ejemplo: 1 dólar = 1 CUC (Moneda Convertible) / 1 CUC = 25 CUP (Moneda Nacional) 


miércoles, 8 de abril de 2015

Próxima Estación, Cuba...

"Para ir delante de los demás, se necesita ver más que ellos." 
José Martí

LLegar de Uruguay, disfrutar de Manu Chao en Buenos Aires y regresar al trabajo pensando en lo que viene... Cuba y su revolución.
Sin dudas, que estos días son convulsionados, para nuestra existencia. La "utopía" llamada Cuba casi casi que está por concretarse después de dos fallidas salidas: México y Venezuela.


Creo, que estamos en un buen momento para concretar dicho viaje. Más aplacado en las ideas, con el sello turbante de la imaginación de los años rebeldes y barbudos, con el presente más real de la cercanía gringa y la casi "invasión" cultural de Miami.
Cuba, por lo que hemos leído y por los comentarios de viajeros que han pisado la isla, vive en una dicotomía constante. Entre la nostalgia de lo que fue y de la incertidumbre del presente-futuro.
Más allá de este análisis al viento que podemos apreciar sin haber ido aún a la isla, nuestro viaje estará visualizado en conocer los rincones de la isla y no, solamente, para posar nuestros cuerpos en las playas caribeñas.
Las incertidumbres son muchas, no sólo por el momento histórico que vive la isla, sino que la movilidad dentro de la misma es una incógnita: Viazul, Camión, Guagua, Máquinas, Taxi o hacer botella (dedo) son muchas de las opciones que hemos leído...
En fin, allá iremos y manejaremos la mejor opción... Todo en el mundo se desvanece.

Próxima Estación, La Habana.

lunes, 6 de abril de 2015

Estación Buenos Aires

"Todo es mentira en este mundo, Todo es mentira... ¿Por qué será?". 
Manu Chao

Y como todo viaje, tiene una fecha de vuelta. El espacio físico regresa aunque muchas veces quedan pedacitos de nuestro cuerpo en sitios mágicos, pero el viaje interior, sigue fluyendo. No se detiene, no sigue la marcha del bus o del barco o del avión o de la bicicleta. 


Pero en Buenos Aires, nos esperaba Manu Chao y las amistades. Era fija, que la ceremonia de reeencuentro iba a cargarse de buenas energías: de aliento, de pogo, de asado, de fernet y otras hierbas.
Así, fuimos por la carretera, en retroceso, mirando los sitios que supimos rodar semanas atrás. Uruguay, en nuestro paso, nos brindó su solidaridad, nos abrazó como hermanos rioplatenses y nos enseñó que la hermanadad latinoamericana, en este pequeño pedazo de tierra del cono sur, no solo se brinda en los discursos sino también en las acciones.
 Al llegar a Colonia, sellamos los pasaportes y embarcamos rumbo a la babylon porteña. Cerca de las 18 horas pisamos suelo argentino y acomodamos los bultos en la bicicleta y rumbeamos hacia Floresta. Gamu y Gastón, nos estarían esperando para luego gozar de Manu Chao en el estadio Ferro.

Calle más calle… de esquina a esquina, bala perdida: la noche y la luna, nos acobijaron en el ritual de Manu y La Ventura. Mucha energía, mucha fuerza. Se fuerza la máquina, de noche y de día.
Casi 3 horas de recital al palo y 30 mil almas que repudiamos a Monsanto “te lo digo te lo canto, fuera Monsanto” la banda hizo un recorrido con sus clásicas rolas y describió el dolor y la lucha que aún sufren los países de la periferia global.

Pase lo que pase, sea lo que sea, a nuestra manera… Próxima Estación, Esperanza.

lunes, 30 de marzo de 2015

Estación Punta del Diablo

“Y la vida es uno mismo, y uno mismo son los otros”... 
Juan Carlos Onetti

Salimos de Ocean Park con la iniciativa de hospedarnos en Punta del Diablo y así ocurrió. Antes del medio día, estábamos por la carretera superando la distancia pertinente. A sólo 200 Km. De Punta del Este, nos introducimos en un mundo distinto, el de PUNTA DEL DIABLO. 

Por la ruta 9, paseamos por la Laguna de Rocha, en la cual se está construyendo un puente circular y paramos a almorzar en La Pedrera, mirando el mar.

Cerca de las 17 horas, visualizamos el pueblo de 800 habitantes y 0 hoteles. Todo lo que empezamos a observar eran posadas y cabañas y bares y restaurantes.
“Un lugar lleno de mística, alimentada por su nombre y viejas historias de naufragios”. Dice la web Punta del Diablo “aún sigue siendo un pueblo de pescadores y artesanas, que, viviendo al ritmo de las estaciones y las mareas, reivindica el contacto con la naturaleza como forma de vida”.
Nosotros, nos hospedamos en la “casa de Pablo” por 8 dólares cada uno. En un hospedaje con habitaciones privadas y compartidas, comedor y cocina. En donde respiramos brisas de libertad y amistad. Punta del Diablo, nos habían dicho “es un viaje hacia el mar. Aquí no hay celulares, ni computadoras, ni jefes, ni súbditos”. Y, algo de todo esto es verdad.

Los lugares turísticos cercanos son: el área costero-marina protegida de Cerro Verde, una punta rocosa elevada cubierta por vegetación y ubicada en la jurisdicción del Parque Nacional de Santa Teresa, el parque y la fortaleza de Santa Teresa, el balneario La Coronilla, la ciudad de Chuy, el fuerte San Miguel y el balneario La Esmeralda.
Pero más allá, de estos argumentos naturales y vivenciales, con Tama fuimos en busca de Sergio, un amigo que habíamos estrechado relaciones en Máncora (Perú) en 2014. Y nos re-encontramos en el Hostal donde brinda sus servicios para seguir viajando en tiempos de descanso.

La magia, sin dudas, de los viajeros que se encuentran y desencuentran por la distancia, sigue intacta. Sergio, se sorprendió al vernos en la puerta de su “segunda” casa y un abrazo eterno fue el acto de amistad.
Y entre charlas y mates, fuimos a caminar por la playa y el parque Santa Teresa.
En resumen, Punta del Diablo, fue un punto de encuentros, de viajes internos y de naturaleza junto al mar.

Próxima Estación, Buenos Aires y Manu Chao

viernes, 27 de marzo de 2015

Estación Piriapolis

“No vale la pena vivir para ganar, vale la pena vivir para seguir tu conciencia”… 
Mientras, en el mundo nos inducen al egoísmo.
Yiramundi

Fuimos a Piriapolis con la iniciativa de conocer otras playas y para caminar el Cerro Pan de Azúcar. Pues Nico, nos había adelantando con lo que nos íbamos a encontrar y fuimos en busca de la aventura.
En manos de Nico, agarramos la carretera y fuimos mirando los lugares que habíamos recorrido unos días atrás en bicicleta. La ciudad, que tiene un entorno de más de 25 kilómetros de playa, nos empezó a ofrecer una gran variedad de vegetación y éxtasis para los ojos. 
A priori, estacionamos en la base del Cerro Pan de Azúcar. Y como lo describe priapolis.com es inconfundible por sus paredes de piedra y la cruz de 35 m de altura que se encuentra en su cima, el Cerro se hace visible desde casi todos los rincones de Piriápolis.
En la base del cerro se encuentra una de las reservas de fauna y flora autóctona más importantes del Uruguay. Según la web “Allí se encuentran en su habitat natural, animales autóctonos del Uruguay, en muchos casos, especies extinguidas o en peligro de extinción. En ella se ha llevado adelante con éxito el proyecto de reproducción y cría en cautiverio del venado de campo”. 
Nosotros, después de recorrer algunos senderos y con un calor agobiante para la caminata, empezamos a subir sus más de 380 mts. de altura por senderos entre bosques y piedras, con adecuada señalización.
Una vista panorámica, un descanso y unos besos al viento, fueron los que nos depararon en la cima. Marcos, una vez arriba, llego hasta los brazos de la cruz.
Después del descenso, seguimos ruta hacia la mar llegando a la Rambla de los Argentinos, una avenida costanera que toma su nombre de los clientes mayoritarios de los hoteles del fundador de la ciudad, Francisco Piria. 
Y allí vajamos, en la playa del centro, que es sin dudas la más popular y concurrida de la ciudad. En donde los deportes acuáticos abundan en sus aguas. La web de Priapolis, afirma que está dividida por espigones para frenar la acción del mar sobre la arena ya que es la playa más “movida” de Piriápolis.
Nosotros, en cambio, disfrutamos de su tranquilidad y observamos el ocaso del sol. Donde los “locales” se acercan horas o minutos antes para contemplarlo. Los aplausos y los gritos, se hacen gritos de guerra cuando la estrella de luz se esconde en las aguas del atlántico.
Lindo atardecer, de playa y sol. De amistad y compañerismo. Lindo día, como son en definitiva, los días en viaje.

Próxima Estación… Punta del Diablo

martes, 24 de marzo de 2015

Estación Punta del Este

“No vale la pena vivir para ganar,
vale la pena vivir para seguir tu conciencia”…
Mientras, en el mundo nos inducen al egoísmo. 

Desde la llegada a Ocean Park, el viaje se convirtió en otro viaje. La bicicleta, quedó a un costado de la casa de Nico y Mari, y las cartas se volvieron a barajar.
Todo lo que vendría tenía olor a mar, a sabor a rica comida, a vinos y fernet en ronda y sobre todo, a descubrirnos a nosotros mismos. Re-inventarnos con lo que nos rodeaba y sentir el abrazo amigo del compañero.

La Mansa
Así, después del desayuno, partimos rumbo a Punta del Este, playa top para los argentinos que viven en country o que desconocen la realidad de las calles. Sin dudas, nosotros fuimos con la expectativa de saber qué es lo que atrapa de esta ciudad. 

Pues, antes de pisar la tan “famosa” playa, hicimos un breve recorrido por Punta Ballena y descendimos a Las Grutas. Sin dudas, una hermosa geografía nos acobijó entre rocas y agua, donde las aguas vivas flotaban custodiando la costa de la mar.
Allí, pasamos el tiempo. Cuando el tiempo fue sólo viento y sonrisas.
Y después de un tiempo ilimitado de agujas, partimos hacia la mansa y pisamos arena en la playa 19. Dónde los edificios ocuparon el lugar de las rocas y un crucero, el agua de las merluzas picantonas.
Sentados, observando el mar, entre fernet y sadwuches de carne, el sol fue colapsando y una paleta de colores empezó a pintar el cielo celeste del este uruguayo. El agua, mansa como su nombre, nos recibió con cálidas corrientes en donde flotamos y nadamos hacia la nada misma.
Y salió el mate, en tierras en donde el termo y la yerba van bajo el brazo hasta cuando se maneja una moto o bicicleta. Y descubrimos el atardecer y su magia. La magia que Nico y Mari nos hicieron saber desde su estadía en Ocean Park.
El cielo se fue desfigurando y la oscuridad fue apoderándose de los colores cálidos del atardecer. Y el nuevo viaje, empezó a jugar sus primeras cartas. 
Porque viajar, nos abre la mente y las puertas del mundo, nos da un hogar en cada casa y nos da el valor de valorar un lugar que extraña nuestro hogar y también nos da una noche para recorrer nuestro interior, nacer otra vez, crecer y volver, para saber que un viaje no es un milagro sino que el milagro, es la vida en viaje.

La Brava
Al levantarnos, la rutina del encuentro se producía en el desayuno, en donde todos se cargaban de energía para hacer del día el mejor de los días. 

En dos autos, las mujeres en el VW y nosotros, en el Citroën, partimos rumbo a la Brava. Para ello, debimos cruzar la ciudad de Punta del Este en su totalidad, en donde el puerto y las palmeras, los bares y los finos edificios con pileta en los balcones, decoraban el camino de la costanera.
El monumento a los pioneros, la terminal de buses y la tan fotografiada mano en la arena, fueron lo que percibimos antes de estacionar los vehículos y bajar a la playa casi directa al faro, en donde el Río de la Plata se deja mojar por el agua salada.
El viento, por momentos, se apoderó de la escena y la arena picaba en nuestros cuerpos. A falta de fernet, la cerveza uruguaya apareció en nuestros paladares y sufrimos el “austero” valor de las cosas. No nos habíamos dado cuenta, que en Punta todo tiene otro precio y fuimos “víctimas” de la ley de Mercado.
La playa, amplia y con un mar similar al que estamos acostumbrados a bañarnos, fueron los testigos de nuestra alegría. Las charlas, extensas y con contenido, iban intensificándose a medida que el tiempo de re-descubrirnos creaba incertidumbres y certezas.
En tanto, apareció la número 5 y el fútbol-tenis se hizo espacio en la inmensidad de la playa. El Cabeza, Pechu y el Tano, danzaron junto a la caprichosa que picaba y volaba por los aires a su antojo y merced porque el viento y la arena blanda, también hicieron su juego.    
Finalmente, sin que el sol se oculte en la mar, fuimos rumbo a Ocean Park a preparar la cena y la noche. Porque también vivimos bajo la luna. Porque viajar de noche nos motiva a dejar lo que perdimos y encontrar lo que buscamos y nos hace encontrar lo que somos, nos hace ser lo que perdimos.

La Amistad
 Desde que dejamos Máncora, con Tama sabíamos que con Nico y Noe nos íbamos a volver a encontrar para seguir alimentando la amistad de viajes. 

Porque los amigos que se conocen en tierras lejanas se aferran a lo más cercano del corazón. No sólo son aves de paso en la vida de uno, sino que se convierten en compañeros de la vida.
Y otra vez, la mansa y la playa 19 fue el lugar elegido para que nuestros brazos se entrelazaran en un abrazo infinito. Las risas, las palabras, las muecas y sobre todo, el respeto mutuo, hicieron de esa tarde una misa de la amistad.
Con los sentimientos a flor de abril, las risas se complementaron. Y seguimos el viaje, hacia el interior. Porque viajar es como mirar con los ojos abiertos al tiempo, es romper el mapa y las distancias, soltar los fantasmas y olvidar los prejuicios, viajar es crear nuestra suerte, hilvanar la imaginación y tejer los sueños.
Y este viajar, nos hace ver nuevos paisajes con viejos ojos y con otros ojos los mismos paisajes. Nos ayuda a entender que somos distintos, y sobre todo, que todos somos iguales. Gracias, amigos…


Próxima Estación, Piriapolis

jueves, 19 de marzo de 2015

Estación Ocean Park

Seguir el viaje y ese “que se yo” que se vive diariamente cuando el cuerpo flota y la mente navega sin rumbos y con misterios.
¿Qué somos? ¿Hacia dónde vamos? ¿De a dónde venimos? Son más que interrogantes que nos planteamos mientras Tama cebaba el mate, Nico trituraba el queso, Marcos endulzaba las galletas, Eli revolvía el café con leche, María escogía su taza y quién escribe, se enamoraba de todo lo que lo envolvía. 

Y lo que nos rodeaba, era una atmósfera de libertad explícitamente libre de contaminación ambiental y discursiva porque nuestros días en Ocean Park estuvieron lejos de la televisión que miente, de los diarios que desinforman, de las publicidades que inducen, de los lujos que provocan egoísmos y de lo inhumana que es la vida en el cemento.
El bosque, que habita aproximadamente a 250 personas, está ubicado en el kilómetro 111 y a 15 minutos del bullicio de Punta del Este. La historia dice que fue creado en 1960 y que sus lotes se empezaron a vender en una oficina ubicada en la ciudad de Buenos Aires.
Donde la idea principal fue hacer un barrio privado y de allí el nombre en inglés, poco frecuente por estas latitudes. Sin contar precisamente la cantidad de construcciones, se pueden apreciar dos supermercados, una farmacia, un bar y un parador en la playa. Y todo lo demás, es Madre Tierra en su esplendor.
Entonces, todas las preguntas que nos hicimos al comienzo del texto, se fueron resolviendo y dándole apertura a otros interrogantes que se desarrollaron a lo largo de la estadía. La playa, silvestre, amplia y sin viento, nos abrazó por las tardes, cuando el sol se hacía luna y el cielo se transformaba en una paleta de muchos colores.
Aquí, la amistad y el silencio, porque el silencio es un compañero de los viajes, anduvieron haciendo su viaje. Porque vamos por fuera, caminando y dejando huellas y también por adentro, alimentado el alma y el corazón.
El corazón que late por el amor que recibimos y ofrecemos y el alma, que se regocija y sobrepasa la materia y el pensamiento.
Mientras creo terminar estas líneas, Nico prepara la parrilla, Marcos enciende el fuego, las chicas charlan en la cocina y yo, observo y veo, lo lindo que es vivir en comunidad… gracias al viento y a sus estrellas, que nos dan energía para vivir.

Próxima estación, Punta del Este  

martes, 17 de marzo de 2015

Estación “Llegada a Ocean Park”

El amor no es repetición. Cada acto de amor es un ciclo en sí mismo, una órbita cerrada en su propio ritual. Es, cómo podría explicarte, un puño de vida… Mario Benedetti

Ese domingo amaneció aún más caluroso que los previos radiantes días, el sol ardía desde tempranas horas. De mañana, ya se sentía burbujear una algarabía interior que se agitaba con el acercamiento de las bicicletas. Salí a hacer unas compras sintiendo su cercanía e inspirándome con algunas ideas para recibirlos. Luego de un almuerzo con amigos, volví a casa para empezar a preparar el ambiente que los cobijaría a su llegada. 

Mientras limpiaba la parrilla e ideaba como alumbrar una mesa al aire libre en el jardín, recordé súbitamente que no había comprado pomelo, la gaseosa de pomelo, esa que con su sabor y frescura ha conquistado nuestro paladar como acompañamiento para el  fernet.  Y así, en ese mismo instante, pensando en el fernet con pomelo y en el termo amarillo y verde, salí inmediatamente hacia el mercado que está a la entrada de Ocean Park, balneario que no se por qué motivo lo habrán bautizado en el idioma inglés pero que de inglés nada tiene, pues aquí la vida late con intensidad inconmensurable.
Estaba llegando con el auto al mercado cercano a la ruta y entre los rayos del atardecer que impregnaba la visión de matices dorados, vi unos chalecos fluorescentes brillando escandalosamente, eran ellos. Con la incertidumbre de lo nuevo y con el corazón abierto fui a recibirlos salteando mi parada por el mercado.
Y ahí estaban, todos con ojos radiantes, exhaustos del desgaste de un día largo de pedaleada bajo un sol muy potente, pero con las miradas rebosantes de alegría y de ganas de vivir y disfrutar. Luego de una catarata de abrazos y unas fotos con el cartel de “Ocean Park Bienvenidos” tomadas como trofeo y como inicio de una nueva etapa,  me dispuse un momento para ir a comprar pomelo antes de meternos en el bosque.
Mientras me dirigía hacia el mercado los miraba con la admiración de un niño, los cinco abrazados en ronda, cantando y saltando a la vez que giraban como un zamba, parecían futbolistas que acababan de ganar la copa del mundo, yo sonreía al verlos, ya había comenzado a disfrutar de ellos.
Y ahí salimos todos por las calles coloradas de pequeñísimas piedritas hacia la casa Inti. En el aire se respiraba frescura que estuvo a punto de ser cortada cuando el Tano, distendido por la llegada y el cansancio acumulado, y alentado por sus ganas de conversar, entró en una nube de distracción que casi derivó en un atropellamiento a Eliana y su bicicleta de ruedas angostas y de veloces descensos.
Llegamos a casa, allí estaban Mari y la Flaca que me acompañaban a observar el espectáculo de su llegada, las bicicletas apiladas, el pasto para tirarse, el agua, la distensión y el sentir de bienvenida.
Disfruté de ese momento con el impacto del asombro de un encuentro totalmente nuevo y llameante, haciendo registros de unas sensaciones increíbles. El atardecer era mágico y aún no sabían que una de mis aguas preferidas esperaba por ellos, aún no conocían esa playa que los atraparía con su hechizo.
Propusimos con Mari que lo mejor era ir a visitar con urgencia la mar, el sol acababa de desaparecer pero los reflejos de sus colores todavía pintaban cuadros sobre unas pequeñas y dispersas nubes en el horizonte. Caminamos unas cuadras hacia la playa con la alegría de los sueños palpables, subimos los médanos y ahí apareció la preciosa mar para inspirarnos con la majestuosa calma que reinaba en su profundidad.
Y vieron esa playa y esa mar por primera vez, y al igual que me pasó a mí, creo que jamás podrán olvidarlo. Su  belleza nos llamó inmediatamente y sin lugar a dudas nos enrumbamos hacía esa mar cálida y transparente. Anecdótico y digno de filmación fue la entrada al agua del Tano y del Negro, ambos agotados luego de la travesía en bicicleta, quisieron entrar corriendo al agua… pero el estado de debilidad en que se encontraban sus piernas mas algunos pequeños pocitos en la orilla, causaron un colapso a la altura de las rodillas provocando un precipitado ingreso al mundo acuoso, cayendo de cabeza cuando el agua ni siquiera cubría la mitad de sus pantorrillas.
En medio de la calidez de esas aguas transparentes y de los colores del atardecer, hablábamos casi a los gritos de la emoción y reíamos de tan hermoso regalo. Ese fue el bautismo de llegada de unos días que serían inolvidables.
Volvíamos a casa y las estrellas ya brillaban en un cielo aún con tono celeste. Detrás quedaban caminando a paso lento Pechuga y la Rusa, avanzaban caminando de la mano, sus sonrisas parecían permanecer perennes entre el bosque que ya estaba siendo atravesado por el anochecer. Aquel viaje, inicialmente planeado por ellos estaba acaeciendo en medio de unas vibraciones fascinantes y se había vuelto más rico de lo imaginado.
Supongo que sentirían una alegría adicional al ver su impulso creativo transformado en realidad encantadora. Llegamos a la casa y mientras la banda fluorescente armaba las carpas y se acomodaba un poco, comenzamos a preparar el escenario de esa noche. La noche en sí misma era un vientre alucinante, la temperatura era perfecta, el bosque permanecía en una calma vibrante al sonar de una orquesta de grillos, la luna gigante asomaba por detrás de unos enormes y pintorescos pinos, una música de ondas suaves, marcadas y profundas comenzó a formar otro vientre dentro de la misma noche.
Y el fuego comenzó a arder en la parrilla, grandes troncos apilados ofrecían de apoyo a una lámpara de luz amarilla y cálida, otra mesa de troncos para apoyar los bocados que irían saliendo, el puff rojo invitando a ser disfrutado, el termo fernetero  moviéndose de vaso en vaso, y empezaron a salir provoletas,  y la energía seguía subiendo al compás de relatos asombrosos y de la incertidumbre del instante, envolviéndonos poco a poco en una hermosa locura. Todos alrededor del fuego, algunos estirados en el pasto, compartimos la riqueza del encuentro y brindamos sin cesar.
Aquella noche, las miradas de todos tenían un brillo especial, ese brillo que entrega el alma cuando abre sus puertas al amor y a la amistad. Y sentí que todos estábamos en la misma sintonía, decididos a abrir el corazón, a ser y dejar ser, dispuestos a disfrutar y aprender de nosotros mismos, y así, embebidos en el cielo estrellado y en una burbuja de cariño, comimos unos sabrosos sanguchitos de un vacío que coqueteó con el mundo interior de nuestra boca al compás de la elevada nota de esa noche.
Esa noche fue extraordinaria, reímos y nos disfrutamos mutuamente, potenciándonos entre nosotros, sintiendo los perfumes de la libertad y la alegría que nos acompañarían en los días subsiguientes. Mari preparó un postre de bienvenida, una exquisita torta de ricota con pasas de ciruelas, que nos obsequió el último pico de locura para irnos a descansar embriagados de placer y regocijados de tan hermoso momento, nos dispusimos a marchar hacia el mundo de los sueños con el anhelo de despertar a un nuevo día, mientras en mi interior resonaba esa canción de los piojos que dice...  “cierro los ojos, no imagino algo mejor…”

Próxima estación… Punta del Este

viernes, 13 de marzo de 2015

Estación Atlantida

Amaneciendo a pasos de la arena...

El calor del sol una vez más comenzó a irradiar. Preparamos el cuerpo y la mente con un rico desayuno en ronda y amistad, tomando conciencia del largo recorrido que teníamos por delante y sin mayores demoras salimos al ruedo. 

Ese día pareció tener más horas …cruzando la ciudad de Montevideo, la cual nos mostró, luego de atravesar el puerto rodeado de camiones y containers, peligrosas maquinarias para quienes mas nos distraemos o no estamos acostumbrados a ese movimiento de tránsito en una extensa y asombrosa costanera, donde se combinaban colores en verde y azul. 
Allí, en un pastito y bajo la sombra encantadora de aquel árbol, nos alimentamos con deliciosas variedades de frutas traídas con mucho amor por dos de nuestros compañeros, elegidas de un gran mercadillo callejero, donde saboreamos y descansamos por un buen rato. 
Luego, continuamos el paseo por la ciudad y conocimos unas urbanizadas playas; es bueno destacar que éstas playas linderas al centro no estaban contaminadas de basura, todo lo contrario.
Siendo el mediodía, nuestro sol no paraba de irradiar calor feroz, cansados por demás nos dimos un buen refresco de manguera en la estación de servicio ANCAP, a la cual mucho agradecemos por su amabilidad diaria.
Dándonos ánimos entre nosotros en aquella parada de bondi, donde parecía que nuestras fuerzas eran absorbidas por aquél fuego y viendo difícil el objetivo de ese día (llegar a Atlantida, a unos 70 km de donde partimos) de repente nos dimos cuenta de que cada uno guardaba en su interior una gran reserva de voluntad indomable, lo que hizo que nos pongamos de pie y avanzar, alcanzando los km restantes y encontrando el primer y único camping situado al costado de la ruta 200 metros hacia dentro , llamado “Complejo vacacional CEA“ perteneciente a la estación de servicio ANCAP.
Instalados, relajados y desparramados en el pasto, un abrazo alentador hizo sonreír aquellos rostros agotados.
Finalmente y luego de una larga ducha, se celebró a lo grande aquél esfuerzo y entrega con un buen plato de polenta , brindando con un suave vino; las miradas adormecidas ya, expresaron: "Hasta mañana, que descansen y Feliz noche..."

Próxima Estación, Ocean Park

jueves, 12 de marzo de 2015

Estación ANCAP Km 18

¨Si encontramos la forma de ser felices el desafío aun mayor es poder prolongar esa felicidad indefinidamente¨

Esa noche la luna fue mas grande y brillante que lo habitual, y no fue casualidad , el viaje y la ruta  te devuelven el contacto intimo con la naturaleza de la que nunca deberíamos sentirnos ajenos, la luna esta ahí siempre, solo que a veces la vemos con otros ojos. Amanecimos  junto a la estación de servicio y asistimos a un evento que no se volvería a repetir por mucho tiempo, nubes, algo tan simple como eso seria comentario habitual en cada parada de descanso , el calor empezaba a jugar un papel preponderante , no solo nos afectaba a nosotros sino que a las bicis también provocando pinchaduras cuando estas quedaban al rayo directo del sol .

Una de las primeras paradas del día fue en una casa sin habitar al costado de la ruta , casi ni comimos ni tomamos agua…comenzamos a recorrer  la casa , mirar el interior a través de sus ventanas , el aljibe, el campo , analizamos minuciosamente sus formas su volumen su resistencia , alguien dijo que era buena idea poner un hostel ahí , puede ser, pero el Tano dijo que ya habían pasado  mas de 15 minutos desde que paramos ( tiempo permitido de descanso) así que otra vez a la ruta. 
El paisaje va cambiando , lo que antes era solo campo ahora se mezcla mucho con urbanizaciones y con ellas el transito , aunque Uruguay es un país con poco transito todos los caminos conducen a Montevideo ( capital y puerto principal ) y nosotros sin mas remedio teníamos que atravezarlo. Esa tarde pasamos por una fabrica automotriz en el momento del cambio de turno de sus operarios , lo único que les puedo decir es que eran muchas personas cada cual con una moto y parecían mosquitos que te zumbaban el oído al pasar causando  algo de nerviosismo al manejar , eso duro un tiempo hasta que paramos ahora si para comer algo y tomar mucha agua pero sobre todo para volver a la calma y la paz que se necesitan para seguir avanzando bajo un calor extremo.

Queremos dormir lo mas cerca de Montevideo posible pero al mismo tiempo que sea un lugar tranquilo (algo casi imposible) de la ruta ya eran dueños los camiones , nosotros cada vez mas pequeños y sin lugar a la vista donde bañarnos y dormir , comenzamos a dar vueltas por un pueblo la policía nos trato muy amablemente nos ofreció lugar pero no teníamos donde bañarnos ( condición muy importante después de pasar  7 horas en la ruta  bajo un sol de verano) cruzamos un hermoso puente y nos tomamos varias fotos para demostrarnos que a pesar del cansancio todavía disfrutábamos del viaje , cuando parecía que habíamos encontrado el lugar la prefectura no nos recibió como esperábamos y decidimos apostar por hacer 10 kilómetros mas y buscar lo mas preciado de un ciclista “ una estación de servicio”  ahí nos prestaron las duchas pero no tenían lugar para que armemos las carpas , pero ya nada importaba habíamos conseguido una buena ducha y nuestro primer día de Wifi para enviar mensajes a la familia y amigos de que todo estaba bien. 

Recorrimos la cercanía de la estación de servicio para armar las carpas, allí vivían la mayor cantidad de Cuis, tucu tucu y roedores que yo haya visto así que lo mejor fue armar las carpas cerca de la ruta a la vista de todo el mundo ( algo que yo no estaba de acuerdo pero a eso es a lo que venimos a lo que nos largamos a la ruta , salimos para superarnos para aprender del otro para compartir y por sobre todo para saber  que las decisiones son en grupo y que si están bien o mal no importa  , lo que importa es la felicidad y el deseo colectivo , solos no hacemos nada) demás esta decir que fue otra gran noche , otra gran luna , que no pasamos inadvertidos que causamos impacto en todos los que nos vieron ,generamos opinión y reflexión solo con nuestra presencia , desafiamos el paisaje con las carpas , las bicis y comiendo en ronda charlando sobre lo que paso y lo que vendrá, conociéndonos mas, sin imposturas , algo que solo el hombre conoce cuando deja salir su ser natural su ser salvaje al que pocas veces le vemos la cara pero el que tiene la llave de la felicidad....

Kilómetro 18, Montevideo, ahí nomas …

martes, 10 de marzo de 2015

Estación carretera... Km 85



“La vida: hacer dedo, auto-stop, hitchhiking: se da o no se da, igual los libros que las carreteras. Ahí viene uno: nos lleva? Nos deja plantados? (Julio Cortazar. Arrimos. Discurso del no método)

Y solo es cuestión de animarse y salir, salir a la vida a ver que onda””. Salir por ejemplo a revolcarse en el tiempo del desapego, del descubrimiento. Salir a animarse a encontrarse con uno o desencontrarse. Salir no se sabe bien a donde, ni a cuanta distancia, ni de que modo. Salir y talves correr el riesgo y pagar el precio de tanta libertad.

Siete kilómetros de salida de Juan Lacaze. El sol nos despidió sobre las orillas. Abandonamos el parque y armamos las bicis.
A la rivera de la partida nos depedía Nicolas, con su mirada nostálgica pensando en la remota posibilidad de que, mágicamente, cayera del cielo en angel de la bicicleta y le prestara por un rato las dos ruedas para encontrarse andando con sus amigos y sacarse las ganas ante tanta imposibilidad.
La mente entonces, también se prepara para la salida. A pleno sol del mediodía, ante tanto cielo descubierto y desnudo, tan excelso y celeste; al compas del pedal vibra el latido del corazón y el cansancio de la sed. Un único paisaje se presenta pintado ante los ojos despejados:la ruta, subidas y bajadas en constante contradicción. Todo se resuelve al instante de gloria en el que tu mente vence a la derrota inevitable de no lograr llegar a la cima. Tu compañero detrás (o delante) es tu horizonte y tu punto de llegada:alla, dos pedaleadas mas y lo alcanzo y subimos juntos y el de atrás te impulsa y la marea sube y baja y fluyen las miradas de ocio, o de cansancio o de fastidio. O de inmensidad.
Emergencia hídrica: sin agua cual desierto de dunas grises y calmas. Un rancho a lo lejos, una parada de bus. Dos chicas destilando fosforescentes. Se acercan. Se entienden. La buena mujer sale del rancho. El perro mueve la cola y se acuesta en la sombra. La pasividad de la nada. El viento timido  que pasa y alla frente a nosotras los chicos esperando. Un bus que se escapa. Una respuesta propicia. Un campamento que nunca será. Corrimos al relevo, las gargantas arenosas se llenaron de humedad. Y el sol, celosoy malévolo, nos atormentó con sus rayos de fuego.
La soledad de la desidia invita al desapego y a la incredulidad pero en ese pasaje alterno el Otro es uno mismo y lleva consigo el impulso que necesitamos ante la vulnerabilidad.
Sobre la ruta vacia encontramos el lecho del segundo dia. La noche (Todo vino siempre de la noche) y esa noche de ciegos alegres trajo consigo la inmensidad de la luna. Encantó al insodmio y despertó a los sueños rebeldes y trasgresores adormecidos. La perplejidad del ocaso ante la luz de la nocturnidad. Grillos. Brisa. Nadie. Solo nosotros debajo de esa luna, perdidos a las orillas de la ruta; sin tiempo. Sin mayor espacio que una carpa y una bolsa de dormir y el firmamento. Las bicis. Las alforjas. Las risas. Los sueños a flor de piel. Dormimos. Amanecimos a las ocho. Sonrientes. Y con el alma desnuda.

Próxima Estación... ANCAP